
Se han descubierto las personas tóxicas.
Voy a meterme en un berenjenal que no tiene nada que ver con los químicos, pero sí con los tóxicos. Porque claro, tóxicos hay por todas partes: en los alimentos, en el agua, en el aire que respiramos. Hasta ahí, nada nuevo.
Pero atención, porque resulta que hay un espécimen recién descubierto que ya amenaza con catalogarse como plaga mundial: la persona tóxica. Sí, sí, como lo lees. No es que antes no existieran —ya teníamos la “mala gente” de toda la vida—, pero ahora parece que se les ha puesto nombre de laboratorio químico. Mucho más glamuroso, dónde va a parar.
Incluso existen estudios, artículos y manuales para detectarlas, como si fueran setas venenosas. Te dan las características, los síntomas y hasta las contraindicaciones. Falta poco para que nos vendan un test casero: “meta un dedo en el vasito de orina y si cambia de color… ¡enhorabuena, es usted un tóxico!”.
Lo curioso es que, con tanta obsesión por etiquetar, parece que nadie se ha dado cuenta de que todos podemos ser un poquito tóxicos corrosivos según el día, la hora o el humor con el que nos levantemos. Pero no, es más cómodo señalarlos como si fueran bichos radiactivos que aparecieron tras un accidente químico.
Al final, lo que era la “mala leche” de toda la vida se ha convertido en un fenómeno social con nombre moderno. Personas tóxicas: el último grito en modas de comportamiento. Eso sí, nadie quiere reconocer que a veces también se le escapa su propia dosis de veneno.
Esperemos que, con los años, este fenómeno se vaya mitigando y no terminemos conviviendo con personas radioactivas, iluminando la calle con tanto brillo tóxico, pues mira, ahorraríamos electricidad.
Porque, como siga la moda, lo mismo dentro de poco tendremos de vecinos residuos nucleares con patas.