
Hoy no pienso escribir nada. Pero hasta el no escribir se pone rebelde cuando hay palabras perdidas que quieren salir.
Mi mente ha cogido el poder de no plasmar pensamientos en el papel.
Los pensamientos no van a tener dominio sobre mí, que no venga ninguno exigiendo ser escrito cuando le apetezca…
Algunos pensamientos enfadan, sí… pero no van a mandar en mi vida. Así que, cuando aparezcan, ¡a despensarlos al momento!
Un pensamiento no deseado no va a tener el poder de hacerme dudar ni de arruinarme el día.
Las cosas, las situaciones, las palabras, los pensamientos… tienen el poder que tú les das.
Si les das el poder de hacerte sufrir, te intoxican. Sufres el doble. Y vas por la vida como el espíritu de la Llorona: con su traje blanco raudo y la melena al viento…
Así que mejor no pensar. O no pensar tanto.
O intentar ser una cabeza hueca de esas que solo sirven para sujetar las orejas con una cuerda.
Se vive mejor viviendo, comiendo, riendo, amando, durmiendo… Pensar mucho: ¡caca!
Así que si los pensamientos quieren saturar el día… ahí tienen la puerta de salida.
Toca solo ser feliz, amar, querer, comer, dormir… y pasar de lo demás.
Porque al final, lo único que nos vamos a llevar es el amor de quienes nos quieren de verdad. Eso es lo máximo de la existencia, sentir cada día el amor de los tuyos, sus buenos días, que te pregunten como has dormido, como has amanecido, sus besos… esos gestos te iluminan el día, brillando más que el oro aunque esté lloviendo.
Y si algún pensamiento insistente vuelve a llamar… le das con la chancla metafísica de la indiferencia en toda la conciencia.
Seguiré pensando, pero solo cuando me dé la gana, así que hoy no pienso ni escribo nada… así que mañana.
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