La práctica del «yo mismo», «yo misma»,yo, yo y después yo… Corazones vacíos y manos llenas de nada.

Vivimos en un mundo donde muchos esperan recibir sin detenerse a pensar en lo que pueden ofrecer a los demás.
Todo se ha convertido en una especie de “yo primero”, donde lo importante es recibir, recibir y seguir recibiendo…
Pero olvidamos que una relación —ya sea familia, amor, amistad o lo que sea— es un intercambio.

Quererse a uno mismo está perfecto, es necesario, pero no hasta el punto de convertirnos en psicópatas del egocentrismo.
Si solo te alimentas del “yo mismo”, de lo que otros te den, sin ofrecer nada a cambio, al final te vacías.
Porque la verdadera esencia de la vida está en el equilibrio: en dar y recibir de forma consciente y recíproca.

Muchas veces se olvida que aportar no significa dar cosas materiales ni lanzar palabras bonitas al viento en un solo momento.
Se trata de estar.
De escuchar con atención.
De compartir una sonrisa, un gesto, un instante de presencia verdadera.

Las relaciones se enfrían, se estancan, cuando todos se convierten en recipientes vacíos esperando que alguien los llene.
Y lo esperan con la firme convicción de que tienen todo el derecho… pero no se dan cuenta de que no basta con esperar.
Porque nadie llena un recipiente que tiene el fondo roto.

El amor propio se está deformando.
Aquello que era “me quiero para poder quererte”, se está convirtiendo en “me quiero y lo demás sobra”.

Y cuando el “yo primero” invade todos los aspectos, se pierde lo esencial: lo que se comparte, lo que se construye juntos, volviéndose todo en una oscuridad de olvido y reproches.

El cariño es lo que mueve lo que nace del alma, porque hay sentimientos, empatía, amor.

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