
Los días, cuando se aliñan bien, saben mejor que cualquier receta antigua o moderna psicodélica.
En los días bien aliñaos no se llora, que no vale pa’ na’… bueno, llorar un poquito hidrata los ojos con lágrimas de calidad natural, nada de artificial. Pero mejor reír a carcajadas, de esas risas que te sacuden el alma, que espantan las telarañas mañaneras que a veces se cuelgan en la cabeza o en algún rincón de la alacena.
¡Prohibido sufrir en silencio! Si hay que sufrir, que sea cantando, aunque se desafine como un loro con resaca desquiciado, que parece que lo están matando arrancándoles las plumas con agua hirviendo, estando vivo y coleando, a pesar de que tú voz suene así (no se ha maltratado a ningún loro)… a seguir cantando.
El canto libera, como el baile… y nada de levantarse con el pie derecho. ¡Con los dos! Para bailar como si nadie estuviera mirando, aunque parezca que estás invocando un trueno o al ritmo de la danza de la lluvia poseído por un espíritu burlón o malévolo.
Empieza el día con un café, del fuerte, del que resucita al zombi que acabas de ver en el espejo, ese café que despierta esos pensamientos que aún no has tenido. Acompáñalo con pan con mantequilla, la que posee vitamina A, importante para la vista, la piel y el sistema inmunológico, también tienen algo de vitamina D, E y K2, mantequilla de verdad, no esa margarina, que es química disfrazada, que solo le falta una molécula para que sea plástico.
Cocina esparciendo las especies, como quien hace un conjuro: hechiza un arroz con leche como si fuera una pócima mágica para alegrar corazones. Lanza al aire el virus de las carcajadas, que contagien a todo el vecindario. ¡Que tiemble la campanilla de la risa, y que suene más alto que las campanas de la iglesia en plena Semana Santa!
Cógete trenzas, aunque salgan torcidas, no pasa nada, mientras los pensamientos vayan rectos, riendo, saltando, o felices.
¿Y si he perdido un tornillo? Tal vez no lo perdí… me lo quité para entender algunas cosas. A veces razonar con tanto razonamiento no alcanza para comprender lo irrazonable… De paso como el tornillo era precioso y dorado, lo anille para ponérmelo de pendiente.
Tanto razonar lo irrazonable… es mejor destornillarse un poco bastante. Y en éste juego de destornillarse de manera elegida, también vive la sabiduría.
Continuará
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