
No todos los libros nacen para ser leídos. Algunos son más útiles como soporte de mesas inestables, otros son perfectos para arder en una chimenea provocandote con su humo intelectual. Hay libros preciosos que quedan de maravilla en la estantería, eclipsando en belleza al jarrón hortera.
Otros libros, los favoritos, son los que tienen el lugar privilegiado, en el altar donde reposan las cenizas del perro que marchó… pero está contigo.
Tambien existen esos libros que han caído, abiertos por la mitad, sobre una cagada tibia de un perro boxer, o un alano, absorbiendo la mierda que han soltado a gusto. Incluso en esa situación tan bochornosa, incluso ahí, querido libro, cumples un propósito.
Un libro sobre la mierda está sirviendo de metáfora perfecta para esos días en los que el alma se arrastra como prólogo sin novela.
Un libro tiene infinidad de usos, cuando le hayas dado todos los usos útiles, cuando no sepas que hacer con él y lo veas inútil, ahí es cuando incluso puedes leerlo.
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