
Las personas ven lo que quieren, haya o no haya luz.
Se quedan con sombras y se olvidan de lo que ilumina.
A veces te apagan y otras te dan luz.
Pero el interruptor más importante… lo llevas dentro.
cada uno maneja su interruptor,
sólo tú decides si sigues brillando.

Ayer ocurrió un apagón y todo a oscuras quedó.
Podemos pensar en ciberataques, tormentas… que la península se quedara incomunicada en las sombras, se resumió en un fallo eléctrico inesperado en el sistema.
Y, cómo no, dudamos de los cuentos. Así que, para tener el dominio de la luz, mejor ponte las pilas.
Vamos por la vida creyendo que tenemos todo controlado, pero no es así. Somos débiles; con un apagón ya vamos como pollos sin cabeza.
No controlamos ni siquiera servir de conejillos de indias de otros, ni tan siquiera somos capaces de controlar correctamente nuestros propios cables eléctricos emocionales.
Hasta un «apagón» emocional nos deja con muchos «porqués» y respuestas que no nos gustan…o que pretenden engañar.
Una palabra que se cuela, un silencio prolongado… y ya nos desconectamos por dentro.
También nosotros dependemos de cables invisibles: la paciencia, la confianza, el agradecimiento, el cuidarnos mutuamente…
Si alguno de esos falla, todo nuestro sistema se viene abajo, caemos en la más adsoluta oscuridad.
Viendo solo lo oscuro… y olvidando que alguna vez, hubo luz.
El apagón acaba con la luz pero puede encenderse otra más potente: la que llevamos dentro.
Esa cuesta más, no porque se nos olvide que existe, sino porque le dan al interruptor de apagar.
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