
La tristeza no siempre da la cara. A veces entra por una rendija, te ocupa el cuerpo y ni siquiera sabes si dejarla pasar, pedirle explicaciones o invitarla a una cerveza.
Puede que se sea la persona más alegre del mundo, pero seguro que por alguna grieta de la anatomía se cuela una lánguida tristeza, que lógicamente… te pone triste.
Esa emoción tan humana, ese estado de ánimo desanimado, donde la infelicidad y la desesperanza te visitan a lágrima viva.
No hace falta una gran tragedia. A veces basta con una desilusión tras otra, tras otra, tras otra… Lo cierto es que nos las vamos encontrando en algunos días de la vida. Es lo que tiene estar vivo.
La tristeza también te sirve. Te obliga a pararte, a mirar hacia dentro, y a veces incluso a reencontrarte con “los tres tristes tigres que comen trigo en un trigal”.
Porque el problema no es estar triste por algo. Lo raro es cuando estás triste y no sabes por qué.
Tal vez es una carencia, y no de trigo precisamente, sino de vitamina D. Te puede recargar las pilas con la D, (la vitamina, no la D de dedo haciendo una peineta): el sol lo primero (que con tanto protector solar químico está algo perdido) el aire libre, el campo, la playa…
También vale el magnesio, que es un mineral esencial con numerosos beneficios, uno de ellos es mejorar el estado de ánimo, la falta de magnesio es mala malota. Infórmate que es interesante.
Pero ojo: también puedes estar rodeado de sol, aire libre, tomar magnesio… y seguir triste. Porque existen cosas que te ponen triste, y eso, sencillamente, es lógico.
Lo verdaderamente absurdo sería que; si tienes motivos para estar triste, tomes vitamina D, magnesio… y de repente te alegrarás.
No es el elixir mágico para que tus penas se alejen, pero ayuda bastante a afrontarse a ellas. Y si tú tristeza carece de penas, puede ser la pila que te falte para ver la alegría que tienes delante.
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