
Entramos en la red y nos invade un diluvio de consejos.
No vamos a decir que todos son inútiles, pero sí que muchos son antiquísimos y los quieren maquillar de nuevos.
Consejos de cómo sanar el alma con afirmaciones hacia el universo, el típico “¿Sabías qué…?”, o incluso cómo freír el huevo perfecto.
Éste último es de los míos y de los buenos, si tienes problemas con esa incordiante alopecia: cómo matar al gen andrógino de la calvicie usando ketoconazol y fortalecer el cabello con romero, cebolla y Abrótano macho, la más macho de todas las hierbas.
Interesante. Cansino. Siempre lo mismo.
Así que voy a contar una historia que no enseña… pero acecha.
Érase una vez una leyenda urbana que anda por ahí, entre la realidad y la ficción, de boca en boca, rulando como la falsa moneda que de mano en mano va y ninguno se la quea… y sin saber si quien la vivió logró sobrevivir para contarlo tó.
Dicen por los rincones que todo empezó de noche.
Fulanita dormía boca arriba, cuando algo —sin saber qué, sin forma y sin nadie poderlo ver— se posó encima de ella dejándola sin poderse mover.
Pesaba. Pesaba mucho.
Su cuerpo se volvió inservible, rígido como piedra.
Los ojos abiertos, moviéndose asustados en un cuerpo inmóvil, acompañados de una voz que quería ser escuchada, pero movía los labios y la voz no existía.
Escuchaba una canción desafinada bajo el agua de la ducha, una persona tan cerca… y tan lejanamente inútil.
Pasaron segundos, que a nuestra protagonista le parecieron horas, cuando aquello que la oprimía, la inmovilizaba, se desvaneció de la misma forma en que llegó.
Se levantó de la cama de un salto, temblando de terror.
El cuerpo le quemaba, quemaba el no tener explicación.
La piel le ardía y el pantalón del pijama se bajó.
El dibujo de la tela estaba marcado en su piel. Señal de que lo que fuera… la apretó bien.
Desde entonces, cuenta la leyenda, quien lee esta historia antes de dormir siente que alguien lo observa por la espalda, esperando que se acueste feliz.
Y a veces, solo a veces, cuando cansado de ver tantas cosas en el móvil, solo una de ellas —esta misma, mismamente— será la que no te deje dormir.
Querrás pedir ayuda, pero una presión leve sobre tus sábanas irá subiendo, como si alguien —o algo— quisiera descansar sobre ti.
Y a veces, solo a veces…
no te puedes mover.
No puedes gritar… puede que alguien en tu casa se esté duchando o durmiendo junto a ti.
Pero no te canses, no te oirá.
No te oirá nadie hasta que eso se aleje de ti.
Jajajajaja buenas noches, dulces sueños.
Deja un comentario