
Existen manos que te levantan, y manos que te aplauden cuando te caes. Tú, simple mortal, hay que aprender a distinguirlas.
Y hay gente que recibe un guantazo en toda la cara, a mano abierta, con anillo y todo, del mismísimo Rey Midas… y no se enteran.
Sí, Midas. Ese individuo que convertía en oro todo lo que tocaba, ¿Incluso lentejas? Si, todo.
Y lo más curioso: ese don se lo regaló el que nunca iba sereno. Se lo dio Dionisio, el Dios del Vino, el juerguista mayor del Olimpo, el del desmadre, el del “¡Venga, alegría!”, el del “¿Dónde vas, cuerpo triste?que vamos por la penúltima». Sí, ese, el Dios entre copas una tras otra.
Existen personas, como Dioniso, que te ven y te ofrecen una mano que vale oro, una mano de Midas.
Existen personas que reciben el manotazo y pisan el oro pensando que es tierra, y se suben a una escalera que partió de cero, construida a base de trabajo, sudor, tiempo y talento, para convertir esa escalera en unos peldaños firmes y sólidos.
¿Y tú qué haces? ¿La ves? ¿La valoras?
Muchos no. Muchos suben y en vez de mirar la escalera y agradecer, suben creyendo que la escalera estaba ahí por arte de magia, el resultado de un conjuro, el destino, el genio de la lámpara…
Y Midas se queda con la mano rota… pues los mortales, cuando algo no lo hace uno mismo, se piensan que fue fácil.
Magia es que una persona te invite a subir unos peldaños que facilitan un camino.
Porque no todo el mundo toca la mano del Rey Midas.
Y lo peor: no todos saben que la están tocando.
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