
Últimamente está muy de moda esa frase que dice:
“La familia son las personas que eliges, no las que te tocan por sangre.”
Está en todos lados, como si fuera una verdad absoluta.
Pero… ¿de verdad lo habéis pensado bien?
Muchos creen que a la familia hay que explicarle menos, que ya no merece tanto tiempo ni atención.
Y sin embargo, a esa «familia elegida» —esa que elegimos por afinidad o comodidad— le están dando más explicaciones, más tiempo, más justificaciones que a la verdadera.
La familia elegida pide tiempo… y se lo damos.
Pide explicaciones… y las damos con gusto.
La familia de sangre pide lo mismo… y de inmediato se acusa de controlar, de ser tóxicos, de invadir espacios.
Se está abandonando a la familia real.
Sí, a esa con la que se ha dormido y despertado.
Con la que se han compartido momentos luminosos… y se han superado los oscuros.
Esa que te conoce de verdad, sin filtros, sin disfraces, sin intereses.
La familia real no siempre es fácil. A veces es ruido, chispa, diferencias, agotamiento.
Pero también es amor incondicional.
Es memoria compartida.
Es raíz.
En cambio, la familia elegida suele estar para lo bonito: la barbacoa, la boda, el brindis, el consuélame que me va mal.
“Te entiendo, te comprendo… pero sinceramente me importa un pimiento.”
No te lo dicen, pero muchas veces lo sienten.
Y ahora resulta que si la familia de verdad dice dos palabras mal dichas —aunque sean verdad— ya se convierte en una relación “que hay que cortar”.
¿De verdad?
No confundas familia con máscaras familiares.
No confundas amor con comodidad.
No confundas libertad con abandono.
A veces lo más valiente no es irse.
Es quedarse.
La familia elegida te ríen las gracias. La de verdad ríe contigo… y te saca de las miserias.
Las vitaminas del grupo B no arreglan familias dispersas, pesadas… pero al menos te fortalecen la espalda para cargar con ellas.
Palmadita en la espalda con un poco de B12.
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