
Hará menos de un mes, una hojita tímida brotó de la tierra.
La vi crecer en el arriate, pero algo en ella me resultaba raro. Pensé que era una planta salvaje, una intrusa, y no quería una mala hierba invadiendo el espacio de mis tomates y mis pimientos.
Varias veces estuve a punto de arrancarla, quitarla del medio.
Pero me daba penita la idea arrancarle la vida.
¿Y si no era una mala hierba?
Las hojas se hicieron grandes, vigorosas, venosas, como si supiera que la estaba juzgando, las hojas se hacían las inocentes. Empezó a crecer como la planta de La tienda de los horrores, y no pude evitar pensar:
—¿Y si es una planta carnívora y le da por comerse a mi marido?.
Jajajajaja que tontería, pensé.
Era una planta de calabaza.
Mi calabaza.
Nacida de una semilla que salió de una calabaza regalo del vecino, que me comí enterita. Tire sus pipas en la tierra, pensando en calabazas como carroza de la Cenicienta .
Iba a cuidarla, regarla, verla crecer, y luego me la comería yo, con su sabor en mi paladar a calabaza, llenándome la panza.
Me hizo ilusión. Pensé en ponerle un nombre.
Pero no le voy a poner un nombre a algo que voy a devorar.
Pero… la planta comenzó a cambiar.
Las hojas se hicieron más gruesas, con venas marcadas como si llevara rioja ensangrentado en vez de savia.
El tallo parecía respirar. Todo en él latía.
Y cada día crecía más rápido, más fuerte, como si absorbiera algo más que sol y agua.
No era una planta de calabaza cualquiera.
Pensé que… con tantos químicos, tóxicos a diestro y siniestro, tantos virus mutantes, tantos pensamientos de personas sin sentimientos, tantos inventos nuevos de forma de ser… todos sueltos en el aire, posándose sobre la tierra, viajando entre partículas de polvo…
¿Y si algo de eso se había pegado a su raíz?
¿Y si se había colao en su ADN vegetal, dándole un nuevo código de barras a su forma de vida?
Empecé a notar que las hojas seguía los pasos de mi marido.
Literalmente: si él pasaba cerca, las hojas se inclinaban hacia él.
Una vez, juraría que una liana enrosca intentó cogerle la pantorrilla.
No dije nada.
—Será mi imaginación —me dije, mientras acariciaba a la plantita.
Pero crecía.
Crecía más de la cuenta. Su piel se endurecía, sus hojas se retorcían. Ya no le bastaba alimentarse de agua y sol. Se alimentaba del olor que desprendía la carne humana tibia al sol, recién bañado en la piscina.
Se deleitaba día a día viendo el cuerpo de mi marido paseándose con su bañador de estampado de cachemir, babeaba, se relamía con las hojas semi cerradas, latiendo su tallo, emitiendo tímidos jadeos.
La bauticé como la Calabruja. Le puse nombre pues ya no me la comería pero… ella tenía hambre.
En el arriate, bajo el sol de la mañana, bajo el cielo de la noche. Calabruja crece… acecha… y espera.
Y yo, la riego, le hablo, le digo un montón de cosas bonitas. Me quiere, la quiero, somos amiguitas.
Mi marido la mira y dice: – ¡Cariño, que hojas más grandes tiene la plantita y enorme la calabacita! – Sonríe.
Yo también sonrio
Una tarde Calabruja se lanzó sobre mi marido.
Colmillos vegetales, lianas como serpientes, baba de rioja sanguinolenta y chasquidos tenebrosos de raíz a punto de digerir…
Él gritaba, una chancla voló, la otra no tuvo tiempo.
Sobre la tierra removida, la calabaza Calabruja quedó exhausta ante tan tremendo manjar con sabor ahumado al sol y a sal.
He colocado un pequeño cartelito clavado en el arriate.
«Aquí descansa Jose.
Gracias por abonar la tierra tanto.»
Yo, con mi regadera en la mano, suspiré.
—Mira que te dije que no te acercaras tanto Jose.
Y la calabaza Calabruja… sonrió.
Habrá que buscar más comida.
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