
Cuenta la leyenda que existen personas que un día se despiertan en un mundo que ya no entienden.
Que todo empezó de forma normal. Y que, sin saber cómo, acabaron arrastradas a una real ficción que nadie más vio.
A veces, una persona es empujada —sin darse cuenta, y dándosela— hacia vivencias que escapan a lo lógico, atrapada en actos que rozan lo irracional.
Se la arrastra lentamente o de sopetón hasta el borde de lo incomprensible, donde la lógica brilla por su ausencia y todo adquiere un matiz incoherente.
La empujan emocionalmente más allá de los límites que una mente humana puede sostener en sus razonamientos.
Insisten… continúan actuando hacia esa persona como si sus actos fueran normales, pero no lo son.
Se olvidan de que la mente tiene un tope, un umbral. Y cuando los actos humanos fallan — el cariño, la empatía, el amor — el control también desaparece.
Cuando se desvanece lo que les hacía brillar, algunos terminan caminando entre la realidad y la ficción: realidad, porque es real; ficción, porque no se lo creen.
Se sienten perdidos.
No porque hayan elegido perderse, sino porque fueron llevados hasta ese umbral, ese limite irrazonable sin mapa, sin GPS, sin anestesia, sin compasión.
Sin retorno.
Y cuando reaccionan desde ese lugar al que fueron empujados, su actitud — fruto de no entender nada, de la confusión, del agotamiento,— su actitud, su forma de ser… no gusta a quienes los arrastraron hasta allí y reaccionan incómodos ante como actúan.
Como si la herida no hablara.
Como si romper a alguien no tuviera consecuencias.
Pero las tiene. Y la nueva persona no gusta, ni tan siquiera a ellas mismas…
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