
A veces nos metemos en un bucle y creemos que lo que hacemos está perfecto.
Nos quedamos tan a gusto en nuestros zapatos, que olvidamos como se encuentra la otra persona zapateando.
Se dice muy fácil la frase: «Ponte en mis zapatos».
Puedes calzarte los zapatos del otro, pero por eso jamás sabrás cómo le aprietan.
No son los zapatos los que hacen a la persona.
Los zapatos no andan solos… los mueven el corazón de quién pertenece los pies.
Y cada pie es único, lleva su historia, sus sentimientos… con sus heridas a fuerza de rozaduras.
No porque te pongas sus zapatos verás lo que valen las personas que los llevan.
En verdad no hace falta ponerse los zapatos de nadie, ni estar siempre pegados como pares de zapatos siameses, cada persona que camine con los suyos…
Pero sí, siempre existe un poquito de tiempo para darle brillo a los zapatos de las personas que se quieren.
Ningún zapato ha sido reventado mientras se ha escrito esta reflexión… aunque han entrado ganas de cortarles los tacones.
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