
Está muy de moda decir —a pleno pulmón e incluso con hashtags inspiracionales y motivadores— que si alguien no te aporta, si es tóxico, si no vibra contigo, si no entiende tu crecimiento espiritual, si te estorba en tu plan maestro para ser feliz, si su conversación no encaja con las supuestas tesis elevadas del entorno que has elegido…
¡Escúpelo de tu vida!
Sin miramientos.
Sin contexto.
Sin piedad.
Da igual que sea tu amigo de infancia, ese con el que se ha crecido, tu familia de toda la vida, esa en la que naciste y que se preocupó por ti. Aparta todo lo que no te sirva, como si las personas fueran objetos caducados.
Se aparta y punto.
Lo están vistiendo todo de amor y espiritualidad pero muchas veces es desprecio frío disfrazado de evolución.
Tu paz mental está por encima de todo.
Tu ombligo es el centro del universo.
Y tu reflejo en el espejo, tu único dios.
El futuro les pertenece a los seres unicelulares:
No necesitan a nadie.
No aguantan a nadie.
No perdonan nada.
No se equivocan jamás.
Y si lo hacen, dan su explicación perfecta y bloquean.
Así que sus explicaciones son perfectamente válidas, coherentes, irrefutables.
Las de los demás, en cambio, no están “en su adecuado punto de vista o son equivocas».
Ser unicelular está de moda.
No tengas paciencia.
No tengas memoria.
Sé uno.
Siempre para ti.
Siempre por ti.
Y que ninguna otra célula —que no sea de tu propio ombligo— se atreva a respirar.
Pero existen también aquellos que no son unicelulares del todo.
En su mente, los de su propia célula —esa familia, esos amigos— tienen la perfección absoluta.
El ADN perfecto, aunque esté lleno de fallos, van ellos con su lote completo
Pero cuando aparece la pareja con su universo imperfectamente imperdonable… ya todo se vuelve análisis, juicio y medida, cuando debería de ser su otro universo.
De pronto, lo que antes era ternura ahora es defecto.
Y ya esos detalles perfectos… no se ven.
No porque estén ocultos detrás del humo y no se ve,
sino porque no se quiere ver.
La cosa no va de intentar encajar una pieza en un puzzle equivocado. Va de aceptar que somos humanos: perfectamente imperfectos.
Y que lo único que hace falta es la voluntad de ver al otro sin lupa de juicio, sin querer sacarle punta a todo.
Pero el virus que ronda ahora por la paz mental es más silencioso:
es la idea de que quien te aparta siempre tiene razón,
y que tú no tienes derecho ni a defenderte, porque todo cae en un vacío silencioso, phsssss silencio para la paz mental…
Y no, no todas las personas sueltan a las demás como clínex.
No todos dan la patada fácil con un “aparta, bicho”.
Algunas personas aún saben lo que es querer con el lote completo, en donde entra los defectos y virtudes…
aunque estén en peligro de extinción.
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