Los metros cuadrados de la evolución humana

Voy hablar del Homo sapiens… sí esos que vivían en cuevas. Bueno no, mejor me traslado a ésta época.

Vamos a suponer una familia, que vivían todos juntos en un piso normal. Normal, ¿eh? Un baño, un salón, tres dormitorios… ¡y allí metidos padres, hija, hijo, y hasta la novia del hijo!… Vamos, que aquello no era un piso… era un Tetris humano. Y sorprendentemente… Sí, ¡funcionaba!

Había de todo: cenas familiares, con comidas caseras, pedidos al chino, kebab, pizzas… sobremesas, discusiones tontas… y ¡hasta en casos de estos existen las peleas! Las de cuñadas suelen ser las más divertidas y de expediente x. ¡Oye!… Que un día ni se miran a la cara, y al siguiente ya estan intercambiándose la ropa: Eso no es convivencia… eso es un máster en diplomacia internacional.

Y lo mejor de todo: al final del día, pasara lo que pasara, siempre un “buenas noches” y ¡hale a quererse!… Puede incluso parecer que el piso posee metros de sobra, a eso le llamo yo un fenómeno paranormal.

Y todo eso puede pasar en un piso, y ¡con animales peludos también!… Pero lo más terrorífico ¡con un baño! ¡que ya es un deporte de riesgo!.

Y lo que se desarrolla la imaginación con situaciones así, porque la mente en personas que hacen malabares, sin asustarse por cosas de la vida… ¡esas mentes son asombrosa!.

La joya de la corona se basa en detalles… vamos a suponer que el hijo con un tobillo roto o dedo expachurrao con pesa de gimnasio… ¡pobrecillo!… ¿Y que hacen los padres? Pues organizarles al hijo y a su novia una cena romántica en la azotea del edificio. Subir mesas y prepararlas con velitas, delicatessen, vinito… todo bonito. Vamos una película italiana: estrellas arriba, lisiado abajo y amor servido en bandeja… Si eso no es amor paternal, generosidad, que baje el más pintao y lo explique.

Pero el ser humano es raro… vamos a suponer que resulta que la misma familia, distinta novia, se mudan a unas casas enorme, metros para aburrir, parece que cuanto más grande es todo, más pequeños se vuelven los gestos. Un muro ya no basta, asomarte a la azotea y tener vistas de la otra casa es “invasión de la intimidad con intención de espionaje”, y saludar… ¡saludar es acoso! Que ya mismo ponen en la puerta: “Se prohíbe decir hola, gracias”.

Y cuidado con respirar… porque si respiras fuerte, molestas; si respiras flojito, espías. Al final lo mejor es no respirar y fingir que eres una gárgola.

Eso sí, lo más surrealista pasa de noche: grita alguien y, aunque estés roncando, la culpa es tuya. Porque, claro, ¿quién va a tener la culpa? Pues tú. Si lo niegas, mientes. Si lo sigues negando, peor. Así que terminas pidiendo perdón por delitos que ni el FBI conoce.

Y claro, uno piensa: ¿cómo puede ser que antes, en un piso normalito, cupieran el amor, las discusiones, los buenos ratos, las reconciliaciones y hasta el préstamo de ropa… y ahora, con metros de sobra, no quepa ni un saludo? Eso sí que es magia: con menos metros había más más de todo, con más metros, lo único que sobra son muros y dramas.

Y acabo ya con esta escena de la evolución humana, más metros menos humanidad.


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