El veneno mejor camuflado: la indiferencia

La mayoría de las personas la consumen.
Brillante y famosa, vamos a suponer: la Coca Cola.

Es lo mejor, oye: sirve para limpiar cristales, quitar manchas de aceite —¿dónde sea? sí, prueba—, arranca lo que se te quemó en la olla por estar haciendo el gilipollas, deja los metales como plata aunque sean de corazón de hojalata, desatasca WC, nada se resiste, pero sube mierda a la cabeza… y afloja tornillos.
Así que no te la pongas directamente en la cabeza, que te destornilla la sesera. Soy peluquera, así que no lo haría. Nunca me ha gustado la Coca Cola… aunque por ahí dicen que deja el pelo suave y brillante… ¡que asco coca!.

Una bebida brillante, sí, buena para todo, todo… pero no para beberla.
Y lo curioso es que nadie advierte con seriedad que de la Coca Cola conviene alejarse.

Lo alarmante es otra cosa: los psicólogos de turno en redes, con sus frasesitas de “aléjate de esa persona tóxica aunque sea familia”.
Personas que llaman tóxicas… y que no llegan ni a una malvada Coca Cola.

Tóxicos en bebidas: reales. Tóxicos en personas: dudoso, la moda que exagerada, oye.
Porque el que acusa, a veces, es más tóxico todavía.

Pero… ¿alguien ha hablado del veneno más silencioso?
Ese que no burbujea, pero te congela.
Se llama indiferencia.

La táctica es fácil:
te dejan en el hielo, apartado, ausente, sin noticias… y cuando ya estás resfriado de tanto frío, encima se enfadan porque no eres el mismo. Después te culpan de estar en “modo desconocido”.

Y ahí estás, tomando Coca Cola aunque no te guste.
Porque la indiferencia es el veneno del que nadie te advierte… mata más que cualquier refresco… apañaos están tos.

Eso sí: la diferencia es que la Coca Cola te jode el estómago, te destroza el cuerpazo… pero la indiferencia te revienta el alma.

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