
No hay que alimentar las dificultades, las decepciones… hablando constantemente de ellas.
No hay que dar importancia a arrebatos puntuales convirtiéndolos en tormentas eternas.
Las circunstancias pueden cambiar cada vez que se alimenta.
Todos decimos en un momento palabras que pesan tanto que, incluso al viento, le cuesta trabajo llevárselas; pero son solo palabras, según cómo cada persona se las quiera tomar. Las palabras, aunque sean duras, son insignificantes cuando existe amor por delante.
Pensar antes de lastimar a alguien, ponerse en su lugar.
Las personas —familia, amigos…— no están para descargar frustraciones, ni arreglarlo todo con amenazas, gritos ni problemas.
Porque, al final, es el tiempo el único que te alcanza.
Quien queda con tiempo siempre tendrá que vivir con el recuerdo de cómo trató a las otras personas.
Y ese recuerdo puede ser llevado con orgullo o como una herida que sangra y no cicatriza.