
Esperemos que este fenómeno no se nos vaya de las manos… pero ya huele a que estamos a un paso de tener que pasear con un contador Geiger emocional para medir la radioactividad humana.
Porque sí: lo de las personas tóxicas se nos está yendo de las manos.
Ya no nos centramos en las personas, sino en analizarlas y calificarlas como si fueran insectos raros. Al mínimo gesto que encaje en los adjetivos del manual del tóxico de cajón, ¡zas! ya tiene su diploma oficial de tóxico cabrón/a. Se reparten certificados más rápido que ticket de descuentos en el supermercado.
Y claro, después llega la palabra estrella de la década: soltar.
Soltar es la nueva religión. No dialogarás, no perdonarás, no preguntarás: soltarás.
En cuanto alguien te dedica unas palabras poco oportunas, aunque sea solo un acento mal puesto, la sentencia es inmediata: hay que soltar, alejarse y condenarlo a contacto en hielo.
La comunicación ya no existe; lo que existe es el «yo primero». Y si te lastimo por soltarte, pues nada: daño colateral. Aunque me quieras, aunque me hayas acompañado media vida, aunque hayas estado en mis peores momentos. La moda dice “suelta”, y suelta se hace.
Lo gracioso es que uno mismo también suelta frases poco afortunadas, pero ahí llega la autoabsolución exprés: como me quiero mucho, me perdono todo. Pero al otro… al otro le lanzamos la primera piedra y la última, y nos quedamos tan a gusto, viendo cómo queda lapidado en la plaza pública de lo emocional.
Tóxico, egoísta, irracional, frío, caliente… La lista de calificativos es infinita. Un diccionario entero de etiquetas para no mirar lo esencial: lo que vale una persona.
Y si seguimos así, en cualquier momento sacarán al mercado un spray antitóxicos: rocíe a su alrededor antes de una cena familiar y garantice tres horas libres de humanidad.