No es un copia y pega…

Narciso, el que se enamoró de su imagen. Algo tan antiguo y…

Esa palabra que hoy parece tan de moda, tan usada, tan repetida en todas partes, no es ninguna novedad.
Porque la verdad es que todos, absolutamente todos, hemos vivido con un narcisista y puede que todos los seamos.

Padre, marido, hijo… si eres mujer.
Madre, esposa, hija… si eres hombre.
El rol cambia según el género, pero la herida es la misma.

Todo parece cuadriculado, escrito en manuales, explicado en libros, detallado en discursos de psicólogos y expertos.
Pero la realidad no se estudia en un papel, la realidad se sufre en silencio, se arrastra en el alma, se guarda en el cuerpo.

Y la realidad es simple y cruel: el ser humano desprecia.
Desprecia mientras pueda, mientras le convenga, mientras tenga aseguradas sus comodidades.
Porque mientras tenga todo lo que deseas… la casa de tus sueños, el plato lleno, el sofá blando, la cama caliente y los abrazos de repuesto, siempre estará feliz.

Si sobran los de toda la vida, no pasa nada.
Si los que siempre han estado, los que sostuvieron, los que acompañaron, te avalaron, ya no sirven, se tiran.
Se reemplazan.
Se buscan otros nuevos que den calor, que arropen, que digan lo que uno quiere escuchar.
Lo único que importa es el beneficio propio.

Por eso Narciso no es un mito antiguo.
No es un cuento perdido en la mitología griega.
Narciso está aquí, caminando entre nosotros, respirando en nuestras casas, durmiendo en nuestras camas.
Narciso es la descripción exacta de lo que late en lo cotidiano.

No importa el papel: padre, madre, hijo o pareja.
Lo que pesa, lo único que pesa, es el ego.
Ese ego que busca un espejo donde acomodarse, un reflejo que lo confirme, una imagen que lo sostenga.

Mientras ese espejo devuelva una imagen cómoda, perfecta, conveniente,
habrá sonrisas, abrazos y palabras dulces.
Pero cuando el reflejo se enturbia, cuando la imagen no satisface, cuando ya no resulta útil…
entonces se da la vuelta.
Entonces se busca otro cristal.
Otro espejo que devuelva la mentira exacta que uno necesita.

Y los de siempre, los de toda la vida, los que sostuvieron la primera imagen,
los que estuvieron en la sombra, los que sirvieron de sostén, de apoyo, de raíz, los que te ayudaron para que estés ahí…
esos acaban sobrando.
Son apartados.
Olvidados.
Relegados a un rincón de silencio.
Desplazados como si nunca hubieran existido.

Porque en un mundo de narcisos nadie quiere sostener la mirada demasiado tiempo.
Sostener la mirada significa reconocer al otro, y reconocer al otro significa dejar de ser el centro.
Y eso duele más que cualquier abandono.

Así el amor se convierte en utilidad.
El vínculo se convierte en comodidad.
La familia se convierte en un contrato con fecha de caducidad.
Y la realidad en un escaparate que cambia de maniquí cada vez que el viejo se desgasta.

Todo esto que escribo no es un eco prestado.
No son frases copiadas ni recortes de libros de autoayuda.
No son palabras bonitas recogidas de otros. No son copia y pega de redes baratas.

Es mi verdad escrita tal cual.
Cruda.
Sucia.
Sin maquillaje.
No necesito textos de nadie que lo expliquen.
Porque lo he vivido, lo he sentido, lo he sangrado en mi piel y en mis huesos.

Son mis palabras desangrándose conmigo misma mismamente.
Palabras que arden, que hieren, que se clavan.
Palabras que salen de mí como puñales, porque ya no me sirven de refugio, sino de desahogo.

Y si alguien se reconoce en ellas, que se mire al espejo.
Que se mire bien, sin parpadear, sin engañarse… que se miren lo hipócritas que son.
Porque yo ya me cansé de sostener ese espejo para los demás. No pienso tener palabras amables para los demás… que se vayan a la mierda.
Yo ya no sostengo nada que no me sostenga a mí.

Y… no es ir de mártir, pero pesa sostenerse.

Esto no es copia y pega de palabras anónimas que te encuentres por internet, son mis palabras.


2 comentarios sobre “No es un copia y pega…

Deja un comentario