Se está viviendo una época en que abundan frases bonitas, perfectas, sobre cómo afrontar la vida.
Todos van con esa sabiduría de personas que han escrito su propia filosofía.
Por muchas frases a las cuales sigues… la vida tiene otros planes. No, no se es tan listo.
Queda muy bonito e interesante cómo solucionar problemas que puedes tener algún día. Lo más seguro es que pienses que esos problemas nunca los tendrás porque has seguido los consejos de esas frases tan profundas que, según ellos, te arreglan todo.
Pero no te engañes, la vida no son frases perfectas.
No es esa filosofía de personas sabias que están tan entendidas y que lo solucionan todo con rimas de consejos y matemáticas lingüísticas.
La vida es vivirla como va viniendo, con tus experiencias, expectativas y resoluciones, con sus palos y cubos de agua fría al final de los días.
Lo que des… el karma no te lo va a recompensar y jamás se te agradecerá.
Lo que no des… en cara se te echará, y aunque sea algo minúsculo te lo reprocharán aunque hayas dado más.
La vida es esa que vas viviendo y, cuando te das cuenta, la vas acabando sin remedio y puede que no sea como la hayas pensado durante mucho tiempo.

Y de pronto llegó el día en que todos caminaban dejándose llevar por frases donde la coherencia era un espejismo, creyendo saberlo todo con esa filosofía barata del que presume de sabiduría.
Deslizaban el dedo en la pantalla del móvil, hipnótico del cerebro.
Como cuentas de un rosario moderno, cada frase prometía el camino que debías seguir, pues todo era verdad divina de gurús disfrazados de sabios:
“Si te quieren mucho, es tóxico.”
“Si te quieren poco, es malo.”
“Si te dicen te quiero, es falso.”
“Si no te dicen amo, es peor.”
“Lo que das, vuelve.” «Cria a tus hijos con frialdad para que nunca te necesiten.» «Expresar intensidad es tóxico.»
“Suelta lo que ya usaste, te sonaste y tiraste” —y no era un clínex…
Miles de consejos sagrados que solo servían para enseñar a no mirar a los ojos a la gente que de verdad te quería.
Así, nadie veía lo que realmente era la vida.
Solo usar, aprovecharse y, cuando ya lo dejabas seco, soltarlo.
Las personas quedaban destrozadas: miradas perdidas, rostros descolgados, mandíbulas rígidas, rozando el rictus de no entender que ya eran muertos en vida.
Vagaban por días y noches con el cuerpo lleno de palos y reproches.
Mientras tanto, los demás repetían aquellas frases como mantras, obedeciendo a ciegas.
Pero nadie sabía la verdad. Y cuando lo descubrían, era demasiado tarde.
Cuando se daban cuenta de que lo que das no te lo devuelve nadie, ¿Ni el karma?– ni ese. De que lo que no das se echa en cara hasta la tumba…
Cuando veían que habían echado a quienes los amaban porque esas frases decían que era tóxico… y solo era amor verdadero, de corazón, sin máscaras ni papeles de actores.
Frases vacías.
Frases de reproches.
Frases para golpear a quienes habían entregado sus vidas por amor.
Eran mentes alimentadas de perfecto conocimiento del ser humano… o eso creían.
En realidad, todo estaba maquinado para convertir, convencer y destrozar al mayor número posible de los que no se dejaban influir.
Y entonces, poco a poco, todos los que habían destruido vidas empezaron a mutar.
Les crecieron hilos en las manos, en las bocas.
Sus mentes se convirtieron en ruedecitas girando en un mismo sentido, repitiendo los mismos pensamientos, convertidos en frasesitas hacia ninguna parte.
Los corazones se les pudrieron en el pecho, escupiéndolos por una boca que ya no era suya, sino la de un móvil que dictaba aquellas palabras de autoayuda sin sentido, pero con poder de convicción.
¿Quién escribía realmente todas esas frases? El silencio fue inmediato, nadie sabía. Solo aparecían en sus pantallas, como oraciones sagradas de oráculo de culo.
Así nació una nueva especie:
Las marionetas zombies de la incomprensión, de la falta de empatía, de la carencia de agradecimiento…
Y entonces, entre tanta multitud de marionetas, surgió la pregunta que nadie se había atrevido a pensar: ¿Porque los humanos no dudaban de esas frases?
Por qué al momento en que un humano se atrevía a dudar, la pantalla parpadeaba, la luz lo envolvía, y su boca se torcía hacia abajo, como si un hilo invisible le estirara las comisuras. En cuestión de segundos, su corazón se secaba y su mirada se vaciaba, uniéndose a los demás en esa danza sin alma.
La peor parte no fue verlos convertirse.
La peor parte fue cuando tú, que estabas leyendo estas líneas, alzaste la vista… y notaste cómo tu dedo seguía deslizando, una y otra vez, en la pantalla.
Porque quizá ya es demasiado tarde… y te está pasando a tí. JAJAJAJA