Pobre laboratorio experimental andante

Año Nuevo y voy a retomar algo viejo.
Algo de lo que empecé a hablar hace miles de años.
Los venenos.

Los venenos existen.
Sí, esos que hueles, no ves, pero están.

Se llaman disruptores endocrinos.
No es una palabrota, aunque suene a insulto.
Bisfenoles, ftalatos o cualquier nombre químico que te dé la gana y se te venga a la mente… sí, ese también vale.

Están en el agua de las botellas de plástico que bebes una y otra vez,
en el champú,
en la crema esa tan hidratante,
en el bloqueador solar,
en los alimentos ultraprocesados,
en las cápsulas de colores del café,
en el papel higiénico, ese que te promete limpieza y te acaba engordando las almorranas.

El aire que respiras también viene acompañado.
Ese ambientador con olor a mar te está abriendo la puerta a un naufragio de salud física…
¿y mental?
Sí, mental también.

Técnicamente alteran todo el sistema endocrino:
imitan señales, bloquean otras, desorientan la comunicación hormonal.

Todo empieza sutilmente, sin hacer ruido, despacito.
Hasta que los desajustes que han ido generando explotan:
caos acumulado a escondidas dentro de tu organismo.

Y mientras tú intentas seguir siendo normal,
te vas confundiendo
y ellos se van saliendo con la suya.

Se usan, se acumulan, se repiten felizmente,
mientras te conviertes en un laboratorio experimental.
No te enteras hasta que una enfermedad rara te ataca por la retaguardia.
Venenos que no se ven,
pero tu cuerpo siente,
mientras tú piensas:
¡oh!, qué bonito huele to.

El veneno se disfraza elegantemente de rutina.
Poco se habla de lo que no se ve.

Yo solo señalo y cuento.
Cada cual que haga lo que quiera:
bébelo, huélelo, póntelo
y, mientras tu cuerpo aguante,
vívelo.

Otro día hablaré de la falta de empatía, hoy no mañana,
y de la tristeza que puede provocar en el alma.

Eso también puede matarte,
como una toxina acumulativa
y con total virulencia.

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