Corren tiempos en los que se potencia la idea de que la familia no es aquella en la que se nace, sino la que se elige.

Se habla de familias adoptadas emocionalmente, vínculos construidos en los que se comparten problemas, penas, enfermedades… con sus dosis de alegría.
Una implicación profunda, vivida casi como si fuera de la propia carne.
Sin embargo, ese nivel de empatía no siempre se extiende a la familia de origen.
Allí, los conflictos se etiquetan con facilidad como tóxicos y la enfermedad o el sufrimiento se interpretan como victimismo o actitud de mártir.
La comprensión se diluye y la empatía, en muchos casos, brilla por su ausencia.
El amor natural —especialmente el familiar— está siendo reinterpretado bajo una lupa analítica que lo descontextualiza, lo sospecha y lo convierte en daño, mientras se idealizan vínculos elegidos que no pasan por el mismo filtro.
Cada gesto y cada palabra de un familiar se analizan, se fragmentan y se someten a sospecha.
El amor que no se finge, el que no se piensa sino que se ejerce, ha pasado a ser escaneado sin piedad.
Lo parental, el afecto expresado con efusividad, se interpreta como algo tóxico, con un trasfondo oscuro y antinatural.
Donde antes existía vínculo, ahora se busca intención oculta…
Hoy no.
Mañana continuaré.