Lo más lejano no siempre está afuera; a veces está dentro, sentado.

Dicen que para encontrarse hay que viajar.
Cambiar de paisaje, hacer maletas, salir lejos.
Como si la geografía pudiera arreglar lo que el ruido interno no deja escuchar.
A veces no hace falta ir muy lejos. El viaje más complicado no exige carretera ni avión. Lo verdaderamente difícil no es cambiar de lugar, sino salir de uno mismo.
Quedarse atrapado en la propia realidad es la manera más eficaz de no ver lo que no se está haciendo bien.
Pensar más no siempre aclara; a veces solo amplifica la confusión que ya tienes dentro.
Salir de dentro permite observar sin juicio, sentir sin huir. Y entonces es cuando aparece el niño que cada cual lleva dentro, ese que solemos callar cuando intentamos ser correctos.
Ahí entra el cortisol: la hormona que salva cuando hay peligro y que desgasta cuando mantiene la alerta sin motivo.
¿Qué se hace con esa hormona? Se la regalas al niño interior que no duerme, para que juegue con ella hasta que caiga agota, balanceándose en esa mecedora, como si hubiera librado una batalla que nunca existió a ninguna hora, pero se creó.
A veces el raciocinio no se alcanza pensando más, sino manteniendo lo lógico y lo emocional en equilibrio.
A veces lo que se considera normal es profundamente irracional.
El equilibrio se rompe cuando se vigila demasiado, y el sin sentido puede transformarse, sin darse cuenta, en una forma cruel y silenciosa de locura cotidiana.
A veces las situaciones carecen de sentido.
Añadir más control no lo devuelve.
El viaje hacía otros lugares puede ayudar, pero el desplazamiento más incómodo sigue siendo hacia dentro.
Viajar al centro de uno mismo.
Cuánta razón tienes, me gusta muchísimo 😍
Me gustaMe gusta