La teoría reptiliana y la adaptación silenciosa

Últimamente circula la teoría de que ciertos personajes públicos han sido sustituidos por reptilianos.

Comentarios sobre la expresión de la mirada o la forma de sonreír alimentan la idea de una suplantación.

Al parece está claro, si alguien cambia físicamente de forma tan exagerada tiene que ser invasión.

El último caso, Jim Carrey, algunas teorías de internet lo han señalado como la última incorporación al supuesto equipo de los reptiles.

Sin embargo, existe una hipótesis menos cinematográfica.
Y si no son reptiles. Y si simplemente estamos mutando.
No hacia una especie superior, sino hacia una evolución de adaptación física y química.

El ser humano vive cada vez más rodeado de productos diseñados artificialmente: comida con unos conservantes que prolongan su vida útil incapaz de pudrirse, sabores elaborados en laboratorios para estimular el consumo, que te insita a comer sin poder parar sin saber por qué, pues tú estómago ya está lleno a reventar.

Detergentes que no solo limpian, sino que esterilizan ahorrando la vasectomía. Abrillantador del lavavajillas, que con él te tomas una dosis de un acorta vida cada día, los vasos los deja impecable. Lo que haga en el organismo de nosotros ya eso es un efecto secundario que parece que no le importe a nadie.

Los suavizantes logran que la ropa no huela a persona, sino a un catálogo químico de flores sintéticas. Los ambientadores prometen frescor a cambio de una atmósfera sin memoria.

Respiramos artificialidad. La ingerimos y la vestimos.

El cuerpo humano es extraordinario o estúpido: normaliza incluso aquello que lo daña. Cuando algo no puede evitarse no lucha eternamente: aprende a soportarlo.

Cuando se expone de forma constante a un entorno saturado de estímulos químicos algunos cuerpos se rebelan y no toleran tanta acumulación.

Otros en cambio, aprenden a convivir con ella, se adaptan. Normalizan unos síntomas que quizá no siempre relacionan con el entorno que los rodea.

El organismo no siempre estalla, a veces negocia. Y en esa negociación lo extraño se convierte en cotidiano.

No aparecen escamas. Aparece normalidad.

Tal vez la mutación no sea física. Cuando todo es intenso, nada lo es. Cuando todo es inmediato, nada permanece. Cuando todo es tendencia, nada se arraiga.
La supuesta invasión podría no consistir en un chip insertado bajo la piel, sino en un programa de comportamiento que se instala de forma silenciosa.
No se impone.
Se adopta.

El mundo cae a pedazos.
No hay sirenas ni grietas visibles en el suelo.
Todo sigue funcionando.
Los supermercados están llenos de personas consumiendo esos productos.
Las casas huelen a limpio sospechoso.
Las pantallas iluminan los rostros con precisión quirúrgica hipnotizante.
Nada parece roto.
Y, sin embargo, algo se desplaza.
Nos acostumbramos a sabores que no existen en la naturaleza.
A tejidos que no huelen a piel.
A conversaciones que no necesitan mirarse a los ojos.
El cuerpo, tan extraordinario, aprende.
A ser frío.
A filtrar. A tolerar lo que no gusta.
A reducir la intensidad.

Tal vez la mutación no sea física.
Tal vez sea una forma nueva de insensibilidad.
Cuando todo es intenso, nada lo es.
Cuando todo es inmediato, nada permanece.
Cuando todo es reemplazable, nada arraiga.

Quizá no haya reptiles.
Quizá solo haya una adaptación tan eficaz
que un día miremos alrededor
y no recordemos con claridad
cómo eramos.

Deja un comentario