
Existen personas ruidosas:
De esas que entran en una habitación como si fueran a inaugurar un parque de atracciones.
Suelta un “¡Eyyyy cómo estás!”… tan potente que se te olvida cómo estabas realmente… y te sientes con la obligación de estar bien.
Cantan, desafinan y si no se saben la letra, se la inventan… el idioma también.
Te estampan besos como una taladradora, porque verte, según ellas, es “la alegría del día”.
Y aunque suene exagerado, no es falsedad… es solo su manera de escupirte cariño… no busques sentido, son así.
Hablan como si contarán chistes malos que hasta la pena se ríe.
Vomitan emociones, alegres o tristes, con la misma finura que un táper de lentejas mal cerrado.
Pero oye, son personas taza de colores:
puede que no combinen, pero hacen que el café tenga algo distinto cada día.
Y luego están las personas silenciosas:
Esas que entran tan suave, que el aire les pide permiso para ser respirado.
Saludan como quien están dando el pésame.
No hacen ruido porque están demasiado ocupadas peinando sus críticas bajo un huracán.
Todo les molesta, pero con educación: no te lo dicen, solo te lo hacen notar.
Te lapidan con silencio, sin importarles si el motivo es verdad o mentira.
Viven en modo escaparate: siempre correctas, siempre de acuerdo… por fuera.
Si escuchan una palabrota, un eructo, algo más alto que otro… ya te están descontando puntos del carnet de buena ciudadanía.
No quieren molestar, pero te están juzgando en estéreo silencioso.
Son tazas blancas de la vajilla: sosas, no se rompen, no ofenden, no manchan… calladas en ese rincón de la vitrina, observando…
Los humanos somos divergentes.
No hace falta ponerle “Fin” a los sentimientos porque al final explotan por contenerlos.
Porque a veces, el ruido es amor con sus altibajos.
y el silencio es un castigo… de tumba de frío hielo que no se derrite ni con el tiempo.
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