Afofaifo y la gárgola

Érase una vez un niño llamado Afofaifo
no era gilipollas, pues no comía de la olla,
decía entre risas su madre, mientras cada noche se inventaba un cuento; para que se durmiera en un instante.

Tenía un corazón tan grande, tan lleno de pasión,
que siempre se ponía en el lugar
de aquellos a quienes quería con devoción.

Era tan bueno y adorable
que su familia lo quería con locura,
pues con Afofaifo, cada día
se volvía ligero y lleno de dulzura.

Su familia siempre lo ayudaba,
porque aunque era noble y sincero,
a menudo se metía en gilipolladas,
y su familia le tendían la mano, como magia soltando polvos de hadas.

Poseía tanta buena vibración,
que al cruzarse con alguien por el camino,
lo saludaba con una sonrisa, levantando su mano
que valía más que un montón de amor… no de que me importe un comino.

Una noche oscura, al alzar la mirada,
vio en una azotea a una gárgola cansada.
Lloraba de pena, lloraba de dolor,
y a Afofaifo le pesó tanto en el corazón.

Subió con coraje hasta lo más alto,
y la gárgola confesó con llanto:
—Afofaifo, la noche está oscura
y alguien golpea sin compasión y locura.

Con todo su buen corazón, sin miedo ni rencor,
Afofaifo la liberó del dolor, al liberarse tanta energía desprendió, que hasta los focos de luz rompió.
La gárgola, feliz, agitó una de sus alas,
como un saludo, despedida de amor.

Y mientras volaba, libre y agradecida,
Afofaifo alzó su brazo con toda su vida.
Y comprendió mirando al cielo, que en verdad,
no hay cosa más bonita que agradecer lo que, sin pedir, se da.


2 comentarios sobre “Afofaifo y la gárgola

Deja un comentario