El nuevo concepto de la inteligencia

Aquí el inteligente es el que pide perdón.
No el que piensa antes de actuar, ni el que mide las consecuencias de lo que dice o hace. No. El inteligente de hoy es el que suelta la bomba, recoge los restos y luego, con una sonrisa arrepentida, dice: «Perdón»

Y claro, todos aplaudimos. Porque qué madurez, qué capacidad de reconocer los errores, qué gran ser humano… ¡por favor!

El problema es que hemos confundido pedir perdón con no hacer daño.

  • Pedir perdón después de despreciar, herir o destrozar no borra nada.
  • Reconocer la metida de pata no convierte la pata en invisible.
  • Y la marca que dejas en los demás no desaparece porque digas la palabra mágica.

Pero vivimos en la era del haz lo que quieras, que con un perdón bien colocado sales limpio.
Es como si el verdadero acto de inteligencia ya no fuera la empatía o el respeto, sino la capacidad de lavarse la cara después de ensuciarla.

Y ojo, que el perdón tiene su valor. No se trata de vivir sin pedirlo nunca. El problema es cuando el perdón se convierte en la excusa perfecta para repetir la jugada una y otra vez.
“Te trato mal, te ignoro, te desprecio… pero luego me disculpo. Y como soy tan listo en reconocerlo, quedo hasta mejor que tú.”

La gran ironía es que el daño queda, el desprecio se recuerda y la cicatriz no entiende de disculpas. El perdón se escucha, pero el golpe se siente. Y, como siempre, lo que de verdad permanece no es lo que se dice, sino lo que se hace.

Así que quizá habría que actualizar la frase:

Inteligente no es el que pide perdón. Inteligente es el que nunca necesitó hacerlo.

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