El huerto de los corazones muertos… la Calabruja

Brotó del arriate como un vómito maldito, su tallo de planta extraña se arrastraba buscando entrañas para devorar, con un verde que no era verde, un verdirojo que fluía en unas venas sanguinolentas.
No tardó en dar frutos.
Calabazas como corazones escupidos de asco.
Corazones que no latían,
corazones que pesaban demasiado, cargados de heridas que nunca debieron existir.
La corteza dura escondía una historia para no dormir y sí para morir,
su palpitar seco sabía que había germinado para estar condenado a sufrir en silencio.

Quienes cuidaban de aquel arriate ya no sentían nada.
Existían bajo el influjo de ese arriate pegado al muro.
Vivían, comían, bebían, ya no bailaban y pocas veces reían… autómatas con vida pero sin alma viva, bajo el influjo de algo sobrenatural que los poseía, haciendo de sus rostros unas máscaras infernales de pura agonía…
sus corazones estaban enterrados, enraizados en una tierra oscura, alimentando en ese arriate del infierno a la calabaza calabruja.

Y fue cuando en las noches de luna,
las calabazas nacidas con poderes de ultratumba, abrían grietas en su dura piel, bocas deformes, rebosantes de dientes-pipas, babosas de pulpa asquerosamente fétida olorosas de muerte,
afilados dientes como puñales, crueles, ansiosos por desgarrar los corazones partíos, rotos, fríos… muertos sin latidos de los que allí vivían con una vida sin sentido, la indiferencia inhumana los habían envuelto con un sudario de horror, sufrimiento y hastío…
y esas calabazas que cobraban vida no esperaban a ser comidas.
Ellas comerían jajajaja

Arrancarían cajas torácicas,
morderían huesos y carne, devorarían en silencio a los que aún respiran.
Respiran, pero no descansan,
corazones muertos esperando el momento en que los liberen de la agonía de la vida.

Así que esa planta de calabaza era un redoble sangriento de sentencia de muerte,
la calabruja venía a dar paz con su hambre brutal a la carne fresca con mentes caducadas por la desesperación.

Y así los adoradores del arriate se acercaron a regar sin saber qué sería lo último que harían… y cuando lo descubrieron era demasiado tarde.
Se abandonaron, sus corazones arrancados ya no bombeaban en su pecho,
los intensos latidos estaban en las calabazas.

Palpitando.
Esperando.
Esas calabazas estaban esperando a devorar.

Cayó la noche,
todo se tiñó de sangre, aunque resaltaba un tallo venoso de un verde radiactivo, brillantemente asqueroso… que se deslizaba hacia la casa, una casa maldita que mató las risas, silenciosamente ese tallo, como poseso de odio irracional y lleno de ira, seguía taladrando sus cimientos… un tallo verdirojo que se alimentaba de la incoherencia y de los gritos del silencio más ruidoso…

Siguen devorando…

Dicen que quien lee esta historia ya ha regado el arriate sin darse cuenta.
El tallo verdirojo busca ahora tu puerta, se arrastra bajo la tierra, huele la humedad de tu casa, reconoce el peso de tu corazón frio.
No intentes tapar las ventanas de tu porche tan bonito, ni cerrar los ojos.
Las calabazas ya saben tu nombre.
Y cuando la noche caiga, abrirán sus bocas de dientes-pipas para devorarte desde dentro,
porque ahora, tu corazón late en ellas… con los que tristemente fueron comidos… y tristemente ya querían morir.



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