La patita amiga de la muerte… la vida pasaba de ella

Érase una vez una linda patita que se fue a vivir a una mágica piscina en medio de un paisaje que parecía sacado de un sueño con filtro de alegría, pues le daba vida.


Chapoteaba, cantaba y reía… pero, ¡ay!, parece que esa alegría de lo nuevo para la patita, hacía más ruido que las ranas de barbacoa con disfraces de risas.
Los patos de alrededor empezaron a poner cara de “esa patita me da alergia no alegría”.

Ella no entendía por qué. Solo quería ver a los que quería.
Si alguien necesitaba algo, ahí estaba ella: con su plumón brillante de vinagre para dar incluso lo que no tenía, siempre quería ayudar y si algo necesitaban, no dudaba, nada era suyo, todo lo regalaba con alegría.
Saludaba, sonreía, quería quedar… pero los otros patos siempre estaban “muy ocupados”, salvo cuando el Gran Pato del Lugar lo decidía, él mandaba en el día.
(Él tenía el reloj del tiempo y el control remoto de la atención, pero solo cuando él queria)

La patita, a falta de abrazos y besos, volaba alto para saludar desde el cielo y disfrutar viendo a los caballos que pastaban a lo lejos.
Pero claro, eso tampoco les gustaba:
—¡Baja de ahí, patita! ¡No me saludes desde arriba!… Tampoco la querían ver allí subida.
Y ella llorando bajaba… pero con ganas de mandarles una lluvia de plumas afiladas en todo su culo de prepotencia nueva adquirida.

Pasaban los días y la ignoraban sin disimulo, con la indiferencia esa que le daban tela, tanta tela que se hizo un abrigo para diez inviernos juntos.
Ella solo quería el calor de un abrazo y un beso, pero si besaba o abrazaba mucho estaba exagerado, pues la apartaba despreciando mientras decía que «eso parecía una despedida al otro mundo»…asi que ni abrazo, ni beso, ni «un te veo» solo ese silencio de días eternos, sin muestra de cariño… días uno igual que otro, extinguiéndose como velas en un cementerio.
El Gran Pato ya ni la miraba; si ella preguntaba “¿cómo amaneciste, patito?”, él lo tomaba como un interrogatorio, un control, querer saber algo que para el significaba dependencia sin sentido.

Así fue como ese abandono se convirtió en su compañero de días patosos perdidos.
Y cuando visitaban a la patita de repente sin previo aviso, después de tantos días de abandono seguidos, ella se ponía nerviosa, como quien recibe un paquete que no sabe si contiene una carta o una bomba emocional de esas de no saber que decir ni actuar, pues todo lo que hiciera era exagerado o mal.

La patita empezó a olvidar quién era, a desdibujarse en papel mojado insignificante.
Ya no hacía falta ni para cuidar a los animales del Gran Pato, cuando él se marchaba por ahí a algún lugar lejano.
Era solo una sombra con pico, intentando explicar lo que sentía, pero cada “cuac cuac» le salía torcido y se lo devolvían en forma de insulto.
El amor, si quedaba alguno, se había ido a criar ranas a un estanque del inframundo.

Cada intento de amor que la pata quería explicar se convertía en reproche, en que estaba ya muy cansado y estaba mal… muy mal.

Un día, la patita explotó en una gran bola de “cuac-cuac-cuac” acumulados, y el paraíso se llenó de ecos que no eran suyos y muchos inventados. La realidad y la ficción se habían dado la mano.
El Gran Pato la desplumó con feas palabras, y ella solo quería decir “no era eso lo que quería decir”, pero ya nadie escuchaba su «cuac-cuac-cuac» solo le echaban más mierdas a sus «cuac».

En aquel lugar donde vivía el Gran Pato, se instaló el olvido, el desagradecimiento, el no querer comprender lo que se le quería decir, no valorar como llegó allí y le resultó más interesante inventase una historia que no tenia nada que ver, pero parece ser que le resultaba esa versión más cómoda para darle una patada a la patita en toda la boca. Esa pata molestaba y se quedaron muy a gusto cuando por fin la pudieron desplumar, desterrar y sin más palabras humillar.

Fue cuando la patita entendió el click de la cuestión: Todos se centran en cómo actúan los demás, pero son incapaces de comprender por qué se termina actuando así, de esa manera que consideran inexplicable, sin querer entender que toda acción que se hace tiene su reacción que no gusta a quien la ocasionó.

Llegó entonces la víspera de Todos los Santos, y la patita —que siempre amó Halloween— encendió velas blancas para hablar con la Muerte ya que no parecía ella, estaba la pata bastante desmejorada.


No hablaba con la muerte para irse con ella, no… sino para charlar un rato con una amiga, porque a falta de pan hasta la Parca parecía buena compañía. La muerte era fría, pero por lo menos la entendía y no la interrumpía.

Y justo cuando pensó que su historia acabaría con un “cuac final”, ¡apareció una brujita buena!
Tenía el pelo cortado por miles de enredos, olía a champu de caballo, huevo y romero.

—Patita mía —le dijo recordando a su madre — tú vida no ha sido un juego de pelotas, y mientras ahora lo más importante sea jugar con raquetas, tú a su edad ya sabías lo que era jugar con niños y sus problemas, sí, sí,.. ya sé… tú patita martil de mierda no usabas raquetas, y conseguiste que tus patitos no fuesen enfermos de por vida tiesos… así que no pienses en la muerte, que para eso hay tiempo y aburrimiento.
Tú ya has dado más amor que muchos patos con doctorado en amor propio ni entendió y con prepotencia pasó.
No adoptes como culpa lo que no es tuyo.
Suelta, vuela, ríe otra vez, aunque te digan que no. Rie aunque moleste.
Que cuando muchos vayan, tú ya vienes de vuelta… y el mundo, tarde o temprano, siempre devuelve lo que uno siembra, para bien o para plumas mal peinadas todos los que han dado recibirán, y en donde te han dejado obligada se verán… ya sé patita, no crees en ese karma.

La patita miró al cielo, movió el ala con elegancia, y dijo:
—Pues mira, tienes razón, brujita. «Cuac-cuac-cuac… pero cuac de los de alegría».

Y así fue como la patita siguió en su mágica piscina, cantando bajito, esperando nada… y recibiendo paz dentro de su llanto sin paz.

Y cada «cuac…» que soltaba era un conjuro para seguir viva… aunque la despreciara quien más quería.


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