La evolución del amor

Hubo un tiempo en que padres y madres aconsejaban y reñían hasta el final de sus vidas.
Las discusiones formaban parte del vínculo y solían cerrarse con un abrazo y un beso, sin necesidad de interpretaciones complejas ni lecturas psicológicas del rifirrafe.
El conflicto no se analizaba: se atravesaba.

Jamás se pasó por la cabeza que aquello fuera algo tóxico.
Hoy, una madre muchas veces se queda en silencio frente a un hijo o una hija.
No porque no tenga nada que decir, sino porque ha entendido que no la quieren oír.

Si no sumas ni multiplicas, restas.
Y el egoísmo ha aprendido a hablar con una nueva voz.
Todo lo que se dice se interpreta como manipulación, control o intención de dañar.
Hagas lo que hagas, digas lo que digas, todo se traduce en un trasfondo “tóxico”.
Decir “eres mi vida” ya no se entiende como amor, sino como manipulación emocional.
Decir “eres lo que más quiero” se interpreta como carga psicológica.
Decir “no sé qué haría sin ti” se considera trasladar una responsabilidad indebida.
No se perciben como frases nacidas del cariño, sino como un laberinto emocional que no saben —o no quieren— digerir.
Así, miles de palabras que durante generaciones fueron amor, hoy son leídas como trauma.

El ser humano parece estar evolucionando hacia otro nivel.
Un nivel más oscuro, más espeso.
La era del desapego.

Resulta curioso que, según muchos discursos actuales, una madre no pueda decir casi nada sin ser cuestionada.
Y si dice algo que un hijo no quiere oír —que suele ser casi todo— la respuesta es inmediata:
“Yo no pedí nacer.”
Pero la vida no se pide.
La vida se recibe.
Y, como todo regalo, puede gustar más o menos… pero no deja de ser un regalo.

Las vivencias difíciles no se disfrutan, pero bien que se celebran las buenas.
Esos momentos en los que uno piensa: “qué bonito to”.
Y esos momentos también los dio alguien a quien no se le pidió nacer.
Probablemente, ese mismo regalo se repita en el futuro con otros hijos, otras hijas.
Porque, pese a todo, los padres suelen dejarse la vida en aquello que más quieren.

El ser humano es contradictorio.
Da explicaciones detalladas de su vida a miles de desconocidos en redes sociales,
pero considera tóxico que pregunte quien le quiere de verdad.
Paradojas modernas:
mantener informados a extraños es libertad;
interesarse desde la familia es control.

Hoy no.
Mañana hablaré de otra cosa.

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