No hay vida sin errores, ni errores sin vida.

El afecto, el vínculo y la memoria en tiempos de análisis.

Hay que dejar de alimentar tanta negatividad.
Dejar de etiquetarlo todo con nombres.

Todas las personas cargan con heridas y grietas.
Con sus no me entiendes.
Con sus me siento como una niña/o pequeña/o.
Con sus lo que me hicieron.
Con sus lo hice y no me di cuenta.
Con sus los demás son los culpables.
Con sus yo soy la víctima perfecta.

Todos llevamos una máscara que casi nadie reconoce.
Y eso también es la vida.
Vivir es asumir que tenemos errores, que arrastramos cosas.
No voy a llamarlas traumas; prefiero llamarlas consecuencias de estar vivos.
Porque si no estuviéramos vivos, no habría conflicto alguno: simplemente no existiríamos.

La madurez llega cuando se comprende que la vida no ha sido fácil para nadie.
Cada cual lleva lo suyo, aunque no siempre sepamos verlo.
Existimos porque alguien, en algún momento, se olvidó de sí mismo para darnos vida.
Sin guiones. Sin manuales. Solo con su amor por nosotros.

Y quizá —solo quizá— aquellas personas que hoy se desprecian
han vivido una historia más dura de lo que otros presuponen.

A veces nos han enterrado… cuando aún respiramos.

Ahora todo se resume en suéltalo.
Todo es tóxico.
Todo contamina.
Todo daña.

Entonces cabe preguntarse:
¿nadie quiso nunca a sus padres?
¿nadie fue criado entre errores, discusiones y amor verdadero?

Porque si amar, reñir, preocuparse y equivocarse es tóxico,
entonces la humanidad entera creció enferma
y solo ahora —curiosamente— creen haber aprendido a querer.

Tal vez no nos falte desapego.
Tal vez nos falte contexto.
Y memoria.

A la humanidad le falta memoria.

La humanidad está reescribiendo la historia con mala memoria.

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