Cada espina se convierte en escalón.
A veces nos venden la idea de que vivir es una línea recta hacia la felicidad, un catálogo de momentos perfectos y filtros de colores. Pero la experiencia acaba enseñando algo distinto: vivir no es un camino solo de cosas bonitas.
Si somos honestos, los momentos de sombra suelen ser más abundantes de lo que imaginábamos. El dolor no es una excepción extraña, forma parte del recorrido.

El ancla del sufrimiento.
He pensado mucho en por qué, a veces, el deseo de rendirse pesa tanto. Y he comprendido que, cuando el sufrimiento nos gana la partida, muchas veces es porque nos hemos quedado anclados a algo que no supimos recolocar dentro de nosotros. No siempre es el dolor en sí lo que nos detiene, sino el tiempo que permanecemos atrapados en él.
Nos aferramos a lo que nos dolió hasta que, sin darnos cuenta, empieza a definirnos.
Pero la vida no es un lugar para quedarse quieto, y mucho menos para instalarse en algo, convirtiéndolo en trauma, olvidando lo que realmente se ha vivido, todo lo bonito.
Sabiduría hecha de zancadillas y afectos.
Vivir es, por encima de todo, aprendizaje. Aprender de lo que hicimos mal y también del mal que nos hicieron. Es transformar cada zancadilla en un escalón y usar esa comprensión para afrontar las nuevas piedras que inevitablemente aparecerán.
Ese aprendizaje no solo es hacia uno mismo, también es hacia los demás.
Vivir es aceptar a las personas que siempre nos han querido, aunque veamos sus fallos en cada suspiro.
Es entender que el amor real no es perfecto, que quienes nos sostienen también se equivocan, que quienes solo ven equivocaciones en los demás también pueden equivocarse, y que querer a pesar de las grietas forma parte de crecer y de ser humano.
El equilibrio de lo injusto.
Vivir no consiste en negar la injusticia ni en reír solo cuando todo va bien. Tal vez consista en algo más complejo: aceptar que no todo sale como esperábamos, aprender a dejar en su lugar lo vivido, seguir dando valor a lo que fue verdadero, y continuar dando espacio a lo que sí aportó sentido.
Recordar la felicidad vivida, desarrollar la entereza suficiente para convivir con los momentos que no gustaron, que también forman parte de la historia, madurar.
La espina y el dentista.
Al final, vivir se parece un poco a ir al dentista. Sabemos que puede doler, que el pinchazo incomoda y que el ruido asusta, pero aun así vamos, porque comprendemos que es necesario. Que después de ese rato desagradable, la infección desaparece y el alivio llega.
A veces la vida pide un gesto de valentía: quitar la espina, respirar hondo y comprender que el amor no se borra, que el odio es tiempo perdido… y que, incluso así, algo sigue siendo bonito.
Porque, a pesar de los fallos, de los imprevistos y de las zancadillas… seguimos aquí.
Cuanta profundidad! Me ha llegado que me ha dejado sin respirar
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