Siempre he creído en la magia.
Me gustaban Hechizada, Embrujada… y cómo no, Harry Potter.

Y claro… también circulan palabras que prometen hacer magia.
Palabras inventadas.
Sonidos sin raíz.
No necesitan explicación.
Solo repetición.
Dilas… y, supuestamente, todo cambia.
Pero no.
Las palabras no son mágicas.
Lo que pasa es que quieres que todo sea mágico
cuando el desorden entra en tu vida.
Y entonces te agarras a cualquier reunión de letras sin sentido
para intentar darle sentido a lo que no lo tiene.
Pero no funciona así.
Ni las escobas vuelan.
Ni los pensamientos positivos alcanzan la meta,
por mucho que los entrenes
como si fueran al gimnasio del universo.
Cuando algo se oscurece
y la vida revienta,
ya puedes gritarle al universo “gracias por todo”
que lo único que recibes
es un bofetón en toda la cara.
El abracadabra no hace nada.
Y eso que creci escuchando a Alaska cantar
“¿Qué tiene esta bola que a todo el mundo mola?…
Es La Bola de Cristal”.
Se le grita al universo que esto tiene que cambiar…
y te devuelve una peineta
que ni Salvador Dalí habría sabido dibujar, ni siquiera después de pintar La persistencia de la memoria, con sus relojes derretidos.
La magia sí existe.
Pero cuando se suicida,
desaparece.
Intento darme un calcetín para ser libre…
pero eso solo funciona en Harry Potter.
Pero piense lo que piense en estos momentos, respiro… y repienso.
Y aún así seguiré creyendo en la magia.