Sin título

No sé en qué momento
cambiaron las reglas…
pero todos parecen conocerlas menos yo.

Corren tiempos extraños.
Tiempos donde mirarse el ombligo se ha convertido en una forma de justicia.
Ahí dicen que vive la paz.
Una paz que, curiosamente, no siempre deja a los demás con paz.

Basta con que alguien agarre una palabra tuya,
la doble, la retuerza con cuidado,
la perfume de lógica…
y la suelte en una historia que nunca ocurrió.

Y ya está.
Caso cerrado.
Aplausos internos.
Conciencia tranquila.
Porque ahora, equivocarse
no es humano…
es contagioso.

Se borra lo bueno con una facilidad quirúrgica,
sin anestesia,
como quien extirpa un recuerdo incómodo
para no tener que mirarse demasiado.

Mientras tanto,
uno se observa al espejo con dulzura,
se absuelve, se entiende, se justifica…
y se concede medallas invisibles
por sobrevivir a los demás.

Pero ese mismo error,
ese mismo gesto torpe,
en otro…
es motivo de archivo definitivo.

Y así vamos,
haciendo limpieza emocional selectiva,
reciclando culpas ajenas
y acumulando versiones propias impecables.

Qué bonito suena todo.
De garabatillo.

A veces dan ganas de pedir perdón
por cosas que aún no han pasado,
por si acaso,
por no molestar,
por no existir demasiado.

Corren reglas que no van derechas.
Pero encajan tan bien…
que hasta parecen hechas a medida.

Y mientras todos se cuidan tanto de no ser heridos,
van dejando un reguero impecable de gente rota…
con la conciencia perfectamente desinfectada.

Deja un comentario