Una ración de tóxicos maduros no muy pasados, por favor.

Cuando crees que ya eres mayor, descubres que aún puedes serlo más. Y cuando pensabas que habías madurado, te das cuenta que todavía no lo suficiente.

Pero mientras que piensas que vas madurando, le sumas los tóxicos antiguos y modernos, como el exceso de información vacía, las opiniones prefabricadas, las frases copiadas presentándolas como nuevas, los atajos emocionales, la madurez y el raciocinio se convierte en un chile picante con frijoles… y sus gases hacen que la forma de pensar sea una mierda.

Algunos en altos ámbitos o no, se creen maduros, pero lo que realmente poseen es una madurez intoxicada por un exceso de hongo putrefacto, como si estuvieran fermentando en su propio ego y nadie les hubiera dicho que eso no se come.

El problema es que el ser humano no cae de un árbol cuando madura, sino que a veces se queda colgado en la rama más baja, esa rama en la que piensa que es maduro pero sigue verde. Y lo peor es que no existe el término medio: algunos maduran y otros simplemente se pudren sin notarlo. Seres que son como esos plátanos que nadie quiere, pero ahí siguen en el frutero, haciéndose los interesantes.

Esto en todos los ámbitos pasa: en la vida cotidiana, en el trabajo, en la política… siempre hay quienes creen que han evolucionado como un buen Pokémon y es el eterno Pikachu buscando una puerta de salida.

Mejor no madurar demasiado, ¿qué importa si no caes del árbol si en el árbol se está bien?

Madurar es seguir la buena esencia que cultivamos en nuestro interior.

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