El cordelero no teje la vida

Entre hinojo y cicuta.

Cordelero, camina con sus manos llenas de cuerdas, de nudos aprendidos, de tensiones que sabe resolver, no buscando una perfección, sino la verdad y la continuidad de lo que alguna vez estuvo unido.

Pero la vida… la vida no admite costura.

No se deja unir ni desunir por voluntad humana. La vida simplemente es. Respira sola, crece sola, se desborda sola.

Y sin embargo, el cordelero insiste a veces en lo imposible, como si pudiera ordenar lo que ya está desordenado por su propia innaturaleza.

El cordelero quiere unir la cuerda, aunque sea con cabos rotos, ajados o sueltos

En ese empeño, un día… atraviesas un campo.

El hinojo brota por todas partes, salvaje, hermoso, amarillo, como si el campo hubiera decidido hinojase sin permiso. Alto, frondoso, aromático, casi descarado en su presencia. Especia rey humilde de lo cotidiano.

Sirve para aderezar un plato, para dar sentido a lo simple, para recordarte que lo pequeño también tiene poder.

Pero la naturaleza no firma garantías.

Entre sus tallos puede esconderse camuflada la cicuta, discreta, casi idéntica en su apariencia al hinojo para quien no sabe mirar. Y ahí está el engaño: lo que parece alimento puede ser veneno, y lo que parece veneno puede ser vida si se comprende su lugar.

No es la planta la que miente. Es la mirada la que no distingue.

Dicen —aunque la historia a veces se confunde como las hierbas del camino— que fue Sócrates, el filósofo, quien fue condenado a muerte.

Le ofrecieron un té de cicuta. No hubo error en el veneno, sino decisión en la sentencia. Lo acusaron de pervertir a los jóvenes con sus ideas, como si pensar fuera una forma de desorden. Como si la filosofía fuese un ruido incómodo en el orden establecido.

Y él bebió.

Sin confundir hierbas.

Como si supiera que hay cosas que no se tejen, no se ordenan, no se doman… solo se atraviesan.

Y vuelves al inicio.

El cordelero no teje la vida.

Porque hay realidades que no necesitan cuerda, ni control, ni explicación.
Solo una mirada capaz de distinguir el hinojo de la cicuta… y el valor de aceptar que incluso el error, a veces, nace de mirar demasiado rápido.

Y a veces, ni eso.

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