La psicología no nació para poner etiquetas. Nació para intentar comprender al ser humano.
Y comprender al ser humano no es sencillo, hace falta mucha psicología.

Una conducta no existe aislada, existe de quien la realiza, de quien la recibe, de las circunstancias en las que ocurre, de la historia de esa relación, de las acción reacción y de innumerables factores que no caben en un vídeo de treinta segundos diseñado para etiquetar, coleccionar «me gusta» y acumular seguidores.
Sin embargo, parece que hemos encontrado una forma mucho más rápida de hacer psicología.
Etiquetar.
Tóxico.
Narcisista.
Trauma.
Invalidación.
Límites.
Contacto cero.
Palabras que tienen un significado dentro de la psicología y que pueden ser útiles cuando se utilizan dentro de un contexto en el que se escuchan todas las partes, pero en las redes sociales parecen haberse convertido en piezas de un juego de construcción con una sola parte, una sola pieza.
Y así, una discusión puede dejar de ser una discusión para convertirse en invalidación emocional.
Una madre que se preocupa puede convertirse en una madre tóxica.
Una relación complicada puede convertirse en una relación abusiva.
Una persona puede terminar convertida, sin evaluación alguna, en un narcisista.
Todo parece tener nombre.
Y cuando algo tiene nombre, tenemos la sensación de haberlo comprendido.
Pero poner nombre no es comprender, es la excusa para lo que se quiere ver.
La psicología real sabe algo que las redes parecen haber olvidado: que el contexto importa.
No es lo mismo una conducta puntual que un patrón mantenido en el tiempo.
No es lo mismo una torpeza emocional que una dinámica de abuso.
No es lo mismo una relación imperfecta que una relación destructiva.
No es lo mismo pensar que tienes una herida que haber sido víctima de maltrato.
Y tampoco es lo mismo hablar a gritos para después utilizar el silencio como castigo.
La diferencia está precisamente en los matices.
Esos matices que no suelen caber en 40 minutos de terapia ni en un carrusel de Instagram.
Porque el problema aparece cuando dejamos de analizar conductas y empezamos a convertirlas en identidades.
Ya no decimos:
“Mi madre me pregunta porque me quiere”
Decimos:
“Mi madre es tóxica, dice que le duele mi actitud, así que va de víctima, pregunta donde estoy, pues me quiere controlar, llora porque es manipuladora…»
Ya no decimos:
“Mi padre pensaba así”
Decimos:
“Mi padre es narcisista.”
Y una vez colocada la etiqueta, empieza otro fenómeno psicológico: buscamos aquello que la confirme.
Los recuerdos se reorganizan.
Las experiencias se reinterpretan.
Lo que encaja con la etiqueta adquiere protagonismo y lo que no encaja pierde importancia, y si es bueno se olvida.
No porque la persona esté mintiendo.
Sino porque los seres humanos tenemos una enorme capacidad para construir explicaciones coherentes de nuestra propia historia viéndola a través del prisma que encaje en ese momento.
Y las redes sociales pueden hacer algo todavía más peligroso: proporcionarnos esas explicaciones ya hechas.
“Si tu madre hace estas cinco cosas…”
“Si tu padre te dice esta frase…”
“Si después de hablar con alguien te sientes así…”
La respuesta aparece antes de que aparezca la pregunta.
Y casi siempre termina en la misma dirección:
contacto cero.
¿En qué momento una herramienta psicológica se convirtió en una receta universal?
Pero convertir una herramienta terapéutica en una solución automática para cualquier conflicto familiar es otra cosa.
La psicología debería ayudarnos a comprender mejor nuestras relaciones, no a reducirlas a buenos y malos.
Un padre puede haber cometido errores y haber amado profundamente.
Un hijo o hija puede pensar tener motivos para estar enfadado y comportarse, a su vez, de una manera injusta o cruel.
Las dos cosas pueden coexistir.
Y quizá ahí esté precisamente la diferencia entre hacer psicología y consumir psicología.
La primera pregunta:
¿Qué está ocurriendo aquí?
La segunda busca rápidamente:
¿Quién es el tóxico?
Y quizá deberíamos preocuparnos cuando una disciplina dedicada a comprender la complejidad del ser humano empieza a difundirse mediante respuestas que necesitan muy poca información para decirnos quién es el culpable.
No todo lo que duele es trauma.
No todo desacuerdo es invalidación.
No toda imperfección parental es maltrato.
No toda persona difícil es narcisista.
No todo límite necesita contacto cero.
Y, sobre todo, no todo conflicto necesita un enemigo para poder maltratarlo.
Están sentando en el banquillo de los acusados a una generación de madres cuya única escuela para aprender a ser madre fue, muchas veces, su propia madre. Y si querían buscar más respuestas, tenían aquellas enciclopedias de enormes tomos donde había de todo, menos una respuesta para aquello que realmente les preocupaba. No tenían algoritmos, ni etiquetas para cada conducta, ni veinte expertos diciéndoles cómo debían criar. Tenían lo que tenían: lo aprendido, lo vivido, sus aciertos, sus errores y amor.
Está bien avanzar. Está bien informarse. Lo que no está bien es convertir el conocimiento que tenemos hoy en una caza de brujas contra quienes tuvieron que criar con las herramientas que existían ayer.
La psicología merece algo mejor que convertirse en un diccionario de etiquetas para las redes sociales.
Merece recuperar aquello que probablemente nunca se debió perder:
el contexto, la evidencia, la responsabilidad.
Los padres no nacieron sabiendo ser padres. Y los hijos tampoco nacieron sabiendo ser hijos.
Me ha gustado mucho ❤️
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Increible leer lo que me está pasando 🥺
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No puedo estar más de acuerdo.
Gracias por escribir lo que siento ❤️
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Has explicado completamente la realidad 🌹
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