
Los días caían sobre aquel rincón del inframundo disfrazado de paraíso.
La indiferencia lo cubría todo con un manto espeso y helado.
Las flores que de día lucían bonitas, de noche parecían garras oscuras, retorcidas, tenebrosas, sobre los muros de lamentaciones, de penas sin gloria.
Y tras el muro… gallinas, gallinas que un día fueron alegría, ahora eran corazones de piedra que vivían, pero no latían.
Una noche, una niebla densa, pringosa y asquerosa comenzó a subir, trepando desde la base del muro hasta desaparecer por la azotea de al lado.
La temperatura bajó brutalmente.
Un susurro fantasmal y helado se escuchaba por «to los laos.»
«Piedra sobre piedra… risas bajo llantos… lo que fue alegría… ahora es quebranto.»
Una de las gallinas, llamada Catalina, se quedó de miedo temblando, hasta su última pluma titiritando.
Intentó cacarear para alertar a las demás, pero de su garganta no salió «na de na.»
El terror la había paralizado. A su lado, su pollito Afofaifo temblaba tanto que su piquito se movía «pa to los laos.»
Un sonido de ultratumba retumbó desde la oscuridad. El suelo bajo sus patas comenzó a temblar como el de Jurassic Park.
¡Plaf… Planf… Cataplanf!
Las gallinas estaban aterrorizadas. Salieron corriendo de su nuevo gallinero, pues era una trampa de la que no podrían escapar ante lo que se acercaba hacia aquel lugar.
Tras la oscuridad espesa, apareció una enorme silueta alta y tétrica.
Era el Gran Gallo Psicópata. Cuenta la leyenda que era un gallo terapeuta que había desaparecido tras una sesión de ayuda emocional, en una reunión de gallinas viudas del lugar.
Se decía, se hablaba y rumoreaba que su fantasma buscaba pacientes para hacer terapia gratuitamente y malamente.
La criatura espectral alzó su garra envuelta en sombras y señaló al pequeño Afofaifo.
El silencio se volvió ensordecedor.
El ambiente se cortaba con cuchillo y tenedor.
El fantasmal Gallo Psicópata agarró con su garra a Afofaifo y se lo llevó a lo alto de los pinos. Se dice que ahí tenía el gallo terapeuta su gallinero. Su nombre era Diligencias Previas, Dilipi para los amigos.
De debajo de su ala sacó una foto de Catalina, la madre de Afofaifo, y le puso una piña encima para que no saliera volando.
Con voz lúgubre le dijo a Afofaifo:
—Esta es tu madre… ¡Insúltala!
Afofaifo, asustado, con voz temblona pero firme (sí, suena raro), le dijo al fantasma gallo desquiciado:
—¡Jamás! ¡Es mi madre! —gritó, con una fuerza que el cielo se abrió y la luna de emoción lloró—. No es perfecta, pero la quiero muchísimo con todos sus defectos… ¡Yo tampoco lo soy! ¡Soy defectuosamente imperfecto!
Sin saberlo el pollito, con esas palabras le arrebató el poder al Gallo Psicópata fantasma.
El pollito Afofaifo se quedó sin miedo en el cuerpo.
Las gallinas respiraron tranquilas. Casi se mueren de miedo e iban a ser caldo de puchero.
El amor se respiraba en el nuevo gallinero.
La gallina Catalina se puso a coser disfraces de monstruos, brujas y fantasmas, pues se acercaba Halloween, donde el susto se sirve con trato.
Porque no siempre hay que pasar miedo, solo en «ToSanto», por ejemplo.
Lo que dices en el cuento es verdad. Fui a un psicólogo porque estaba mal, sin más me preguntó si tenía una foto de mi madre, se la enseñé del móvil y me dijo que soltara todo lo malo que me había hecho.
Parece que es la técnica que ahora está de moda.
No he vuelto a ir al psicólogo.
Me gusta mucho como escribes 😍
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JAJAJAJA eso es un cuento!!!
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