Dedicado para todas las personas, que han sentido que abrir los ojos cada mañana es empezar a escalar el Everest.
Este relato es un mapa de ficción para recordar que, a veces no depende de ti coronar la cima.

Para Marina Madroñal la vida se le estaba volviendo muy espesa; el aire también.
Cada mañana, al abrir los ojos, aparecía ante ella esa enorme montaña a sus pies. Levantarse de la cama era como subir al Everest.
Su mirada se volvió un desierto. Se le había agotado el agua en el grifo de la manguera del lagrimal.
Reía sin parar, pues el cerebro es tonto y se le puede engañar.
Su corazón latía con una terquedad infantil y, aunque se encontraba en un paraíso, ella sentía que el purgatorio era ese sitio y sin embargo… sabía que no había otra coordenada en el mapa para vivir, como ese rincón decorado con ilusión para ensayar que por fin estaría en la gloria.
Sus pensamientos eran como ese programa de televisión de mil maneras de morir. Se repetía una y otra vez el canal en su cabeza, que sintonizar y escuchar no podía dejar.
Marina Madroñal no dejaba de hablarse sin remedio. Tenía tanto diálogo interno que incluso pensó en aplicarse la ley del hielo: dejar de hablarse, castigarse, decretar un contacto cero con su propio reflejo…
Pero concluyó que no era tan cruel como para hacerse algo de eso.
Se hablaría hasta aprender un diálogo correcto, donde pudiera escucharse sin por todo gritarse.
Aunque poseía todo lo que quería, solo una cosa le faltaba a su vida; y sin ella la felicidad no aparecía.
Su idea más recurrente era cómo montarse una hermosa muerte.
Por el campo veía unas plantas de ricino, venenosas y mortales, pero no de manera fulminante. El final llegaba entre terribles sufrimientos. Se había informado y eso no era muy práctico.
Pensó Marina Madroñal en tomar una caja de paracetamol, pero no le atraía su sabor.
En su casa con piscina el ahogamiento tampoco era fácil. Hacía pie en el agua y, cada vez que se zambullía aguantando la respiración, su cerebro tenía la mala costumbre de evitar que se hiciera daño. Acababa a flote respirando sin ningún reparo.
Subía a la segunda planta de su casa, se asomaba a la enorme terraza y miraba al suelo con la intención de saltar, pero se daba cuenta de que esa altura no era mortal.
Para cumplir su objetivo tendría que lanzarse al vacío más de una vez. Lo veía demasiado doloroso y seguramente, con huesos rotos, seguiría en pie.
Además de vivir con su tristeza, estaría escayolada, magullada y hecha mierda.
Quería contratar a un sicario, pero seguro que cogía el dinero y se saltaba el trato.
Encima tendría que ponerle una reclamación, denuncia y demanda al canto al inútil sicario.
Ninguna manera de morir le convencía. Rondó por su cabeza cortarse las venas, pero la idea de cortarse y ver demasiada sangre tampoco le atraía ese tema.
Cogió cita para un psicólogo. Este le dijo que estaba perfectamente, que estaba triste con motivos, que una situación así vuelve demente hasta al más inteligente.
Quería dormir y mil infusiones se preparaba, pero las hierbas que tomaba más adrenalina le inyectaban a su cabecita despeinada.
—¿Y si pidiera la eutanasia? —pensaba mientras se cepillaba los dientes con la mano contraria.
—¿Y si no comiera?
Imposible, se decía, pues cocinaba muy bien y hasta sin ganas almorzaba y cenaba.
La infelicidad la consumía y, en lo poco que dormía, le cansaba despertar y ver a ese Everest encima.
Subir la montaña cada día agota hasta al mejor alpinista.
Algo tenía que hacer, y ahorcarse tampoco lo veía demasiado bien.
Un día despertó y la montaña seguía ahí.
La miró, sonrió, se rió y carcajeó.
Entre carcajadas le dijo al Everest:
—Sí, ya sé que cada día estás ahí. Existirás, pero por estar ahí no te voy a volver a escalar jamás… ¡Jamás! Es una fea costumbre, y más con el vértigo que tengo… ¡En mi mano no está poner remedio!
Cada mañana se tomaba el café a los pies de la montaña.
Mientras saludaba al sol como le daba la gana.
Alucino con lo bien que escribes!!
me quito el sombrero 👏🏼👏🏼👏🏼
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