
Existe una influencia sociocultural: presión estética, redes sociales, bullying y construcción de la imagen corporal.
Pero también existe otra parte: la familia.

No existe un gen de la anorexia ni de la bulimia, pero sí se ha observado cierta predisposición genética.
Los antecedentes familiares de los trastornos de la alimentación, TCA, así como la presencia de depresión, obesidad, trastornos de ansiedad u otras patologías psiquiátricas, pueden influir en la vulnerabilidad del adolescente a padecer un trastorno de la conducta alimentaria.
Bullying, redes sociales, opiniones de los demás… pueden hacer que un adolescente no esté satisfecho con su cuerpo.
Pero existe una parte más olvidada y más presente: la familia.
La pregunta es: ¿cómo puede llegar un adolescente al extremo de perjudicar su propia salud dentro de un entorno familiar aparentemente perfecto?
Cuando un adolescente entra en esta dinámica, también hay que mirar el contexto en el que vive con la familia.
Dentro de su aparente normalidad existen detonantes que pueden llegar a no reconocer pero están ahí, como:
Dificultad para hablar de las emociones.
Conflictos frecuentes en el ámbito familiar: gritos, críticas… O, al contrario: evitación, temas tabú, «de esto no se habla».
Comentarios frecuentes sobre dietas, personas o aspectos físicos.
Padres con una preocupación excesiva por su propia imagen, estatus.
Uso de la comida como premio, castigo o forma de gestionar las emociones.
También existen determinadas estructuras y dinámicas familiares como:
Excesivo control o, al contrario, gran desorganización.
Alto nivel de exigencia académica y necesidad de «ser el mejor» o «la mejor».
Acontecimientos vitales estresantes.
Afán de querer aparentar normalidad y perfección.
Ningún elemento por sí solo causa un trastorno de la conducta alimentaria.
Pero una combinación de vulnerabilidad psicológica, presiones externas y sobre todo el ambiente familiar, puede contribuir a que el problema aparezca y se mantenga.
Los trastornos de la conducta alimentaria pueden dejar secuelas muy graves.
Físicas, como problemas óseos, cardíacos, digestivos, alteraciones hormonales e infertilidad.
Psicológicas, como distorsión de la imagen corporal, baja autoestima, dificultades para interpretar correctamente las situaciones y a los demás.
Con ello pueden llegar a sacar conclusiones inexistentes; por ejemplo, pensar que no caen bien o que siempre están hablando de ellos o ellas.
Hay que dejar algo claro:
No es lo mismo que unos padres se preocupen por la salud alimentaria de sus hijos o hijas para una mejor calidad de vida.
La salud y el cuidado corporal importan, porque el mundo lo primero que ve es tú cuerpo, no lo que vales, tus intenciones o lo que sabes.
Cuando llevás una buena carta de presentación que es tú imagen, ya se ve que te cuidas, y si te cuidas ya estás comunicando que posees disciplina.
No es superficialidad. Es realidad.
Pero tampoco es lo mismo que unos padres hagan que sus hijos duden de su propio cuerpo, de su valor o de sí mismos hasta hacerlos enfermar.
No es lo mismo.