… Y no se cae

El no saber cómo comenzar un día más o un día menos.

El café negro y fuerte, que te contagie fortaleza para estar despierta.

El saber qué tiempo hace mientras miras las plantas arrogantes.

El escuchar esas canciones, unas con las que te sientes superior y otras con las que lloras sin compasión.

El no poder cambiar las cosas que no te gustan y, aun así, ser capaz de soltar carcajadas ruidosas y con música.

El conseguir hacer malabares para mantener la cabeza sobre los hombros y los pies firmes sobre una tierra tambaleante.

El aprender, con nota, a vivir como si no pasara nada.

El estar de pie, reír, vivir… mientras el dolor tiene su apartamento fijo en tu cabeza.

El pasear por la arena, por el agua o por la maleza, aunque te ataque la pereza.

El ir de tiendas, ver a la gente y que te digan que estás divinamente.

El antojarse de comer algo rico y darte esos caprichos, el estómago es el segundo cerebro y también sabe regalar buenos momentos.

El sentarse en la mecedora sin importar que pasen las horas.

El no correr ya para nada, ya sabes que ese final siempre te alcanza.

El reír para no llorar, que los ojos no sufran más.

El escribir lo que te dé la gana sin importarte si lo van a entender mañana.

El no comprender por qué se le perdona todo a cualquier extraño y puede que a ti te lapiden sin pensarlo.

El colocar calaveras por Tosantos y encender velas a tus antepasados… qué tarde te das cuenta de cuánto te han importado.

El estudiar para entender, sacar títulos y seguir sin comprender.

El cargar con palabras que nunca salieron de la boca y que otros escucharon con amplificador.

El dejar de sentirse culpable de aquello de lo que no se tiene culpa.

El ver que la vida se acaba y que lo que un día creíste felicidad puede convertirse en desgracia.

El vivir los días prestados, esos que te van dando.

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