
El cerebro humano tiene una capacidad maravillosamente extraordinaria para adaptarse a situaciones que emocionalmente pueden resultar difíciles de aguantar y soportar.
Cuando vivimos una experiencia dolorosa y, además, prolongada en el tiempo, nuestro cerebro activa mecanismos de defensa y adaptación.
En esa bonita labor intervienen estructuras como la amígdala, encargada de detectar amenazas, que cuenta con la ayuda de la corteza prefrontal, que participa en la regulación de las emociones y la conducta. A veces no lo hace perfecto, pero pone su empeño.
No es magia ni fortaleza sobrenatural de Expediente X. Se le llama biología.
A través de la neuroplasticidad, sí, puede que suene a bla, bla, bla, pero no. Gracias a ella, el cerebro puede modificar sus conexiones y aprender nuevas formas de responder a aquello que no nos gusta, pero que nos toca vivir. Y puede hacerlo incluso cuando emocionalmente no estamos pasando por nuestro mejor momento.
Paso a paso podemos recuperar rutinas, sentirnos felices de estar vivos, encontrar momentos de tranquilidad y continuar con nuestras actividades, aunque aquello que nos duele siga estando más que presente.
Existe algo en este laberinto cerebral, interesante e inteligente, que conviene tener muy presente y no confundir: adaptarse no significa estar bien, del mismo modo que reír a carcajadas no significa haber dejado de sufrir.
El cerebro intenta protegernos, pero cuando esa protección y el estado de alerta se mantienen demasiado tiempo, aquello que inicialmente era un mecanismo de defensa puede acabar convirtiéndose en una fuente de agotamiento físico y psicológico.
Por eso, intentar sobrevivir emocionalmente a una situación que parece hacerse eterna no significa que no pueda terminar teniendo consecuencias. Un estrés prolongado puede dejar huella de una forma u otra.
Así es. Nuestro cerebro, aunque a veces parezca descerebrado, intenta mantenernos en funcionamiento, incluso cuando nuestras emociones todavía están intentando comprender lo que ha sucedido.
Existe la resiliencia, que no consiste en que te importe todo una mierda, ni en que no estés roto, ni en fingir que nada nos importa.
La resiliencia consiste en desarrollar recursos para encontrar fuerzas y seguir viviendo a pesar de las dificultades de una triste realidad que no te gusta y que no puedes cambiar.
Quizás lo más interesante del trabajo de nuestro cerebro, aunque a veces lo llamemos tonto, es que somos capaces de convivir con esa realidad que no hemos podido resolver, sin que eso signifique que la hayamos aceptado.
No la queremos, no la aceptamos, pero vivimos con la desgracia como animal de compañía.
Porque el cerebro puede sobrevivir a lo que emocionalmente todavía no sabemos cómo vivir.
A eso se le llama adaptación, pero no significa superación.
Pa que luego se diga que el cerebro es tonto.