
La vida no consiste en no tener obstáculos.
Consiste en aprender a caminar entre ellos sin dejar, o intentando no dejar, que la tristeza sea la protagonista robando la alegría.
Manejar las emociones no significa no tener miedo, ira, tristeza o alegría. Significa que esas emociones no sean las que manejen tu barca.
Conocí a una mujer que tenía fama de antipática y engreída. Muchos pensaban que no saludaba porque no le daba la gana.
Cuando iba con su familia era habitual escuchar:
—¡Escalón!
Ella levantaba la pierna con toda la intención… y el escalón no existía.
Entonces llegaban las risas.
Se atrevía a montar en bicicleta. Patinaba, malamente, pero lo hacía con su familia por el paseo marítimo, cuando todavía era raro ver adultos sobre patines, andaba por la orilla del mar llevando el menú a sus hijos, se caía, tropezaba y, al día siguiente, volvía a repetirlo.
La realidad era mucho más sencilla de lo que la gente imaginaba.
Aquella mujer apenas veía el suelo que pisaba.
No veía a las personas hasta que prácticamente las tenía encima.
Y muchas veces pensaba:
«Si pudiera ver bien, iría saludando desde lejos, agitando el brazo con una sonrisa… ¿Llegará ese día algún día?»
Aquella mujer no podía elegir la visión que tenía.
Pero sí podía elegir cómo vivirla.
Eligió el humor, aunque a veces cayera en la amargura.
Por más obstáculos que se topaba… parece ser que para quien maneja los hilos, la poca visión no era suficiente para una buena carrera de saltos.
Quizás ahí esté una de las formas más inteligentes de manejar las emociones: aceptar lo que no podemos cambiar, sonreír siempre que sea posible y recordar que nunca conocemos del todo la batalla que libran las personas que tenemos delante antes de bautizarla con adjetivos calificativos.
Porque, a veces, el mayor obstáculo no está en el camino… sino en la rapidez con la que juzgamos y desechamos a quien lo recorre.
Wooooo!! ¿Eres tú?
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Si,soy yo. A veces también me sorprendo de lo que sale cuando me pongo a escribir.
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Una historia difícil y de superación.
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